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El verdadero rostro de Companys.

El verdadero rostro de Companys.

Esta semana, el gobierno presidido por el señor Rodríguez Zapatero decidió sumarse a las iniciativas del tripartito nacional-socialista catalán destinadas a rehabilitar de manera pública y oficial la figura de Companys. El gesto –que parece desandar la política de reconciliación que caracterizó la Transición– resulta aún más controvertido si se tiene en cuenta la trayectoria específica del personaje.

Lluis Companys nació en el seno de una familia acomodada en Tarrós, en la comarca de Urgell, en 1883. Cuando se trasladó a estudiar derecho a Barcelona, se convirtió con menos de dieciocho años en uno de los fundadores de la Asociación escolar republicana. En buena medida, puede decirse que comenzaba a transitar entonces un camino que ya no abandonaría durante el resto de su vida, un camino que pasaba por el nacionalismo catalán pero, de manera muy acentuada, por la lucha anti-sistema. Redactor en jefe de «La Barricada», un semanario que dependía del Bloque autonomista catalán, al año siguiente sufrió una dura derrota en las elecciones municipales que le llevó a radicalizar sus posiciones. En abril de 1917, se convirtió en uno de los fundadores del Partido republicano catalán y se sumó de manera nada oculta a la labor de acabar con la monarquía parlamentaria. No mucho después, Companys entró en uno de los recovecos de su carrera que suelen pasar por alto sus partidarios y que ilustra más claramente su carácter moral. Nos referimos al momento en que decidió asumir la defensa de terroristas de signo anarquista que, desde 1919, habían precipitado a Cataluña en lo que se denominaron los «años del pistolerismo». Para muchos, Companys simplemente colaboraba con las fuerzas políticas anticonstitucionales de mayor peso –y violencia–. No obstante, junto con esta razón nada descartable puede indicarse otra de no escasa importancia. Companys había sido iniciado en la masonería precisamente en una época en que la presencia de ésta en los partidos anti-sistema era muy considerable, pero, sobre todo, en que la relación era muy estrecha con el sector del anarquismo que propugnaba el atentado como vía política privilegiada. De hecho, anarquistas habían sido tanto Ferrer Guardia, responsable de las atrocidades de la Semana Trágica como Mateo Morral que había intentado asesinar a Alfonso XIII el día de su boda. No resulta pues nada extraño que Companys, además de intentar derribar la monarquía parlamentaria, estuviera ayudando a compañeros de la Logia. De hecho, en noviembre de 1920, fue detenido junto con otros anarquistas implicados en acciones violentas y recluido en el castillo de Mahón. Fue su elección como diputado de partido republicano catalán la que le libró justo al mes siguiente de la cárcel. Regresó a prisión por actividades subversivas en 1930, pero a esas alturas la conspiración contra el sistema parlamentario estaba muy avanzada. Aunque el alzamiento armado de los militares Galán y García Hernández fracasó, en abril de 1931 se proclamó la república. Fue éste un episodio idealizado por la propaganda aunque muy turbio en su desarrollo ya que se produjo tras unas elecciones municipales en que las candidaturas monárquicas obtuvieron casi cinco veces más concejales que las republicanas. El día 16 del citado mes, Companys proclamó la república desde el ayuntamiento de Barcelona. A partir de ese momento, su carrera –ya vinculada a la Esquerra republicana de Cataluña– resultó fulgurante. Diputado, miembro del comité ejecutivo de ERC, presidente del parlamento catalán o ministro de marina fueron algunos de los cargos que ocupó mientras erosionaba mortalmente al catalanismo de derechas. Al morir Francesc Maciá en 1933, Companys se vio catapultado a la presidencia de la Generalidad catalana precisamente en unos momentos en que el catalanismo era ya claramente de mayoría izquierdista e independentista. Fue entonces cuando se produjo un hecho que no comprendió –ni aceptó– ninguna de las fuerzas que durante décadas se había propuesto aniquilar la monarquía parlamentaria y luego caminar hacia sus distintas utopías a través de la república. Tras un gobierno republicano-socialista que duró dos años y que no resolvió ninguno de los problemas que acometió, aunque sí dividió dramáticamente a los españoles, las derechas ganaron las elecciones de 1933. La respuesta de nacionalistas e izquierdas –especialmente de PSOE y ERC– fue preparar un alzamiento armado que aniquilara al gobierno legítimo y les permitiera volver al poder mediante la violencia. Companys se sumó con entusiasmo al plan y, de hecho, tenía el propósito de aprovechar la sublevación armada dirigida por el PSOE para proclamar la independencia de Cataluña. En octubre de 1934, el PSOE se lanzó a la calle proclamando que había llegado el momento de implantar la dictadura del proletariado. Sin embargo, Companys, siguiendo los consejos de un enviado del republicano Manuel Azaña, limitó sus pretensiones a sumarse a la rebelión y a proclamar el Estado catalán dentro de la República federal española. Sería Madariaga el que afirmaría que con el alzamiento de 1934 las izquierdas habían perdido toda legitimidad para condenar la sublevación de julio de 1936. También perdieron aquel envite y Companys fue condenado a treinta años de reclusión por alzarse en armas contra el gobierno legítimo. Como en otras ocasiones anteriores, los cambios políticos permitieron a Companys eludir la acción de la justicia. En febrero de 1936, la victoria del Frente popular no sólo lo sacó de la cárcel, sino que le devolvió a la presidencia de la Generalidad. Cuando se produjo el alzamiento de julio de 1936, Companys supo trabar una alianza con la CNT que tuvo, entre otras consecuencias, el desencadenamiento del Terror roji-negro sobre Cataluña. Se trató de un Terror al que no fue ajeno –más bien entusiasta partícipe– su partido, la ERC. Desde mayo de 1937 –cuando el PCE decidió aniquilar a sus rivales en la España del Frente popular comenzando por el POUM– Companys se amoldó a la nueva hegemonía comunista, a la vez que estrechaba lazos con el gobierno vasco preparándose para la independencia posterior a la guerra. Sin embargo, la guerra no la ganaron las fuerzas del Frente Popular. En enero de 1939, mientras las tropas de Franco avanzaban por Cataluña, Companys huyó a Francia. Los vencedores lo buscaban por varios cargos entre los que se encontraban de manera fundamental los referidos a los fusilamientos, los saqueos, las torturas y las atrocidades cometidas en Cataluña mientras Companys era presidente. El dirigente de ERC pudo escapar hasta que el III Reich venció a Francia en el verano de 1940. Concedida la extradición por las fuerzas de ocupación alemanas, Companys fue entregado a las autoridades españolas y juzgado. Se le condenó a muerte siendo fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuic. El acto no pudo estar más cargado de simbolismo. En los fosos de aquel mismo lugar, más de mil doscientas personas habían sido fusiladas por el Frente Popular sin que Companys hiciera nada por impedirlo.

Revolución de Asturias, pecado original del PSOE.

Revolución de Asturias, pecado original del PSOE.

El filósofo asturiano Gustavo Bueno, heterodoxo que está un poco de vuelta de todo, ha sacudido la inteligencia con la siguiente provocación: la "guerra preventiva" comenzó en la revolución del 34.
Bueno no está solo. La expresión ha sido aceptada por varios historiadores que critican que el PSOE tratase de adelantarse, con la revolución, a un eventual peligro fascista.

En realidad, esa amenaza sólo estaba en su imaginación. No se puede afirmar, con seriedad, que la CEDA (Confederación de Derechas Autónomas), que gobernaba en coalición con los Radicales de Lerroux, fuera fascista...

Se trataba, además, del Gobierno legítimamente salido de las urnas. Pero, a aquellas alturas de la película, la fe de los españoles en la República se había enfriado.

En palabras del historiador Javier Cervera, la Revolución, alentada por socialistas y comunistas, fue "el golpe que la izquierda trató de asestar a la desacreditada II República... como la intentona del general Sanjurjo, en 1932, había sido el embate desde la derecha". Es decir, la demostración palpable de que ya nadie creía en la República.

Pío Moa, que acaba de publicar el libro 1934: comienza la Guerra Civil (editorial Altera), sostiene que aquella fue la antesala de la conflagración de 1936, al tratarse de un adelanto del proyecto de sovietización de las izquierdas.

Y señala expresamente a PSOEy ERCcomo instigadores del golpe. "Hasta que el PSOE no reconozca que la Revolución fue un intento de golpe de Estado -asegura Moa a ÉPOCA-, no tendrá autoridad moral para defender que Suresnes fue un verdadero aggiornamento".

¿Pero cómo se gestó la Revolución? Todo comenzó un año antes: el 19 de noviembre de 1933 la conservadora CEDA gana las elecciones. Ese mismo día, el presidente del PSOE, Largo Caballero, insta a la Directiva del partido a concretar un "movimiento revolucionario a fin de impedir un régimen fascista".

Dos días más tarde, ERCdeclara a través de su diario L}Humanitat que "es la hora de ser implacables". Se trata de los comienzos de un movimiento subversivo al que se suma UGT y que culmina con la convocatoria de una huelga general más política que laboral. El 5 de octubre de 1934 la huelga paraliza Madrid y diez capitales de provincia.

Aprovechando el estallido, Lluis Companys, presidente de la Generalitat, proclama "el Estado catalán dentro de la República federal española". El general Batet, capitán general de Cataluña, emprendió la reacción con la toma del palacio de la Generalitat, y se produjeron los primeros muertos.

Pero el epicentro del terremoto estaba en Asturias. En la madrugada del 5 al 6 de octubre se inicia la sublevación de la cuenca minera. Los revolucionarios toman Mieres. Se proclama el "comunismo libertario" aboliéndose el dinero y la propiedad privada, se asesinan religiosos y se queman conventos. Sacerdotes y afiliados a la CEDA son detenidos por ser considerados "fascistas". Se consolida la "primera república de soviets del nordeste de España".

Para entender todo esto es preciso reparar en lo muy idealizado que se tenía el bolchevismo ruso en la España de los años 30. Stalin llevaba una década escasa en el poder y la propaganda soviética se encargaba de "vender" las bondades del sistema.

El 7 de octubre los revolucionarios emprenden la conquista de Oviedo. El Gobierno central, que presidía Alejandro Lerroux, trata de frenar la hemorragia.

Las tropas se ponen al mando del general López Ochoa y marchan hacia Oviedo. El comité revolucionario decide retirar las fuerzas rebeldes el 12 de octubre. Y el 18 de octubre el secretario de Sindicato Minero Asturiano llega a un acuerdo de rendición.
La Revolución se saldó, en toda España, con 1.300 muertos y casi 3.000 heridos. Y con una dura represión, cuyas consecuencias se prolongarían hasta la Guerra Civil.

Setenta años después, los especialistas debaten la interpretación de un episodio de largo alcance en la historia de la España.
Gustavo Bueno afirma que se trata de una contradictoria "guerra preventiva" liderada por el mismo PSOE que ahora crítica la actuación de las fuerzas aliadas en Irak.

Para el autor de Octubre 1934, historia de la Revolución, Paco Ignacio Taibo, resulta obvio que la revolución trata de anticiparse al ascenso del fascismo "sobre todo tras la experiencia de Austria donde Dollfus había metido los tanques en los barrios obreros para pacificar su oposición".

José María Laso, presidente de la filocomunista Fundación Acevedo, comparte esa tesis. En su opinión, la CEDA se revestía de formas neofascistas aclamando a Gil Robles con el brazo en alto al grito de "¡jefe, jefe!".

Laso reconoce que el PSOE había advertido que si se nombraban ministros de la CEDA, "se interpretaría como una provocación de la derecha en su intento de establecer el fascismo por la vía legal". Se nombraron, efectivamente, ministros de la CEDA... exactamente tres. Toda una "provocación".

Para el historiador Juan Ramón Pérez las Clotas, el peligro no venía de la CEDA sino más bien del PSOE. Considera que la razón última de la Revolución del 34 "se inscribe únicamente en la mentalidad golpista del PSOE desde que Largo Caballero -el Lenin español- se pone al frente".

El polémico Pío Moa va más lejos y afirma que fue una "guerra ofensiva" que trató de implantar un régimen soviético. "El sector dominante en el PSOE se definió como bolchevique frente a Besteiro, que era el moderado".

No es una opinión. Tanto en El Socialista -órgano oficial del PSOE- como en Renovación -órgano de las Juventudes Socialistas- lanzaban estas consignas: "¡Por la dictadura del proletariado!", "¡Todo el poder al PSOE!".

Y Moa aporta en su libro numerosos documentos: desde discursos de los principales dirigentes del Partido, con Largo Caballero en cabeza, hasta actas internas de UGT, pasando por artículos de prensa alentando la violencia y programando un régimen totalitario.
Cervera prefiere no especular sobre si se hubiera impuesto un bastión prosoviético en España, de haber triunfado el golpe.

Pero afirma que Largo Caballero quería acabar con la República burguesa e imponer un régimen revolucionario, de cuño socialmarxista.

En las antípodas de Moa se encuentra el ex presidente del Principado de Asturias. El socialista Pedro de Silva sostiene que la Revolución del 34 tiene su origen en la Revolución de 1931 que dio origen a la II República.

A pesar de las evidencias, el historiador Enrique Moradiellos critica la tesis de que la República era antidemocrática y anticlerical.
Los hechos, sin embargo, lo desmienten. Hablar de democracia era quimérico en la España de los años treinta. Por dos motivos: externo -el pulso de los totalitarismos, nazi y comunista, influía en la política española- e interno -el talante de los partidos españoles no era precisamente democrático. Ni los de derecha, ni los de izquierda. Lo mismo que los dirigentes, con honrosas excepciones como el socialista Besteiro.

Cervera insiste en que las fuerzas políticas de distinto signo habían conspirado contra el poder legítimo y no querían la República liberal de Azaña. La Revolución fue la constatación de esa actitud y el principio del fin del fracaso inapelable de la Segunda República.

Católicos del mundo, uníos.

Católicos del mundo, uníos.


Acostumbrados los católicos a resistir sin defensa los ataques continuos a la Iglesia, a su historia y a sus miembros, no extraña la campaña inquebrantable de los medios de comunicación encaminada a identificar, entre otras sutilezas, la locura del islamismo radical, o la intolerancia “propiamente” católica con la raíz de fanatismo que, según su particular teoría, todas las religiones encierran. No extraña por tanto tampoco el sutil paralelismo de este Gobierno combativamente laicista, entre Iglesia y retroceso, o en palabras del Señor de los Talantes, la burda comparación entre ser católico y carca. Estos planteamientos, servidos en brillantes artículos en distintos periódicos, ilustres voces en algunas radios, emotivas películas, vibrantes canciones-, se basan en una mezcla de mentiras y medias verdades, aderezado con grandes dosis de calculado silencio sobre la realidad de la Iglesia y su labor social y espiritual. A todo ello se une la repetición sistemática de las consignas antirreligiosas con lo que se consigue un efecto multiplicador del mal que pretenden estos luchadores de la libertad. En palabras de un periodista, (si mi memoria no falla, Sánchez Cámara), “el progresismo talibán, no pierde ocasión para emprender su particular cruzada contra la religión”. Les basta como mesa de manipulaciones para lanzar sus mensajes anti-religión, sucesos ajenos a la dimensión real de ésta: muestra de ello fue el atentado del 11 de septiembre. A partir de una manipulación burda del fondo, elaboraron una superficial teoría según la cual, toda religión, especialmente las monoteístas, guardan en la recámara un poso de fanatismo, que llevado al extremo, es el origen de los males del mundo, de las guerras, de las injusticias sociales. Igualmente el descubrimiento de algunos casos de pederastia en EEUU dan carta de naturaleza a una infumable teoría anticatólica. (Nada sin embargo se derrumba cuando son otros los pederastas). Multiplicada esta teoría en el cine, en la televisión, en las radios, los ataques a los católicos y a su Iglesia son diarios y numerosos.

Aquellos teóricos del anticatolicismo, líderes de los más rancios prejuicios religiosos, tienen en España numerosos adeptos. Los nuestros son hijos espirituales de los asesinos aciagos del treinta y tantos español y con el tiempo y muchísimo dinero, han conseguido que la sociedad española, incluso los propios católicos, pongan en tela de juicio, cuando no niegan directamente, la autoridad de la Iglesia para conducir a su rebaño por la senda que legítimamente quieran marcar. De forma que hoy en día decirse católico es un trauma, confesarse apostólico, un pecado social, y si además se declara la “romanidad” son torturados en las modernas máquinas mediáticas que esta Inquisición del siglo XXI tiene preparados para quienes no acaten sus dictados relativistas, para quienes no comulguen, por lo civil, con este mensaje ultramoderno de “Dios no existe, luego todo vale”. Este planteamiento universal, conduce en las conciencias sociales, a que la religión sea la derrotada en la lucha entre fe y razón, entre el Dios-Hombre y la ciencia como único dios. Esa es su victoria, la victoria de los que hacen de la libertad de expresión un campo vetado a la Religión en su conjunto y muy particularmente a la religión Católica.

Recientemente Ramírez de Haro ahondó de forma soez y miserable en el insulto y en tópicos varios. Fue defendido a capa y espada por los voceros de siempre, los que luego no permiten otra voz que la suya. Ya saben el resto: se aprovecha la situación por algunos medios de comunicación y se mete el dedo en la llaga de esa supuesta (por ellos) intolerancia católica, cuando éstos defienden el evidente derecho a ser respetados. Ser católico en el siglo XXI es tan difícil como lo fue en los primeros siglos del cristianismo. La persecución es la misma, si bien se aplican métodos más modernos. Acaso, es más difícil enfrentarse con la palabra o con los hechos, porque todo cuanto la religión católica realiza en beneficio del bien común, es ocultado por la espesa manta del laicismo o del ateísmo militante. Está permitido, y premiado, ofender a un religioso o religiosa, insinuar que mantiene relaciones con niños, que se lleva el dinero del cepillo, que utiliza su autoridad para influir conciencias, incluso, eres el colmo de la progresía si denuncias los abusos económicos de la todopoderosa Iglesia. Lo contrario, para ellos, significa ser fascista, antiguo, o simplemente imbécil: defenderlos, o acusar de fanáticos, integristas, liberticidas, manipuladores, mentirosos, a quienes abusivamente denigran a la Religión Católica, a los católicos y sus manifestaciones. ¿Entenderá alguna vez esta progresía totalitaria que nos ha tocado en mala suerte, el significado de las palabras respeto y libertad de culto?

¿Si de una vez por todas dijéramos basta ya al insulto, a la mentira, a la manipulación, a la nueva confesionalidad laicista que pretende Zapatero y demás compañía rancia para el Estado, ¿no sería imponente la capacidad de presión católica? Se me ocurre un experimento: si los católicos españoles dejáramos de consumir los productos que soportan y aúpan la hediondez del programa de Sardá, (como ejemplo paradigmático de heces hertzianas), y sus burlas constantes a la Religión Católica, y no sólo eso, si durante un tiempo, como protesta pacífica, no consumiéramos telebasura, para empezar, ¿no conseguiríamos algo? No somos conscientes de la fuerza huracanada de una protesta católica pacífica y civilizada. Dejémonos de monsergas progres: Católicos del mundo, ¡uníos!.

No al ingreso de Turquía en la UE.

No al ingreso de Turquía en la UE.

Una amenaza se cierne en el horizonte europeo a medio plazo: el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Casi todos nuestros políticos no sólo no lo perciben como amenaza sino que lo apoyan y promueven, desde la ex ministra Ana Palacio –quizás el personaje con menor nivel intelectual de la democracia, que afirmaba que la Unión Europea no era "un club cristiano"– hasta el mismísimo presidente europeo Romano Prodi, que opina que una Unión fuerte "no tiene nada que temer" de una eventual integración de Turquía.

Si volvemos la vista atrás veremos lo poco que Turquía tiene que ver con Europa, salvo por los siglos de lucha constante contra ella. El yugo turco es bien conocido entre los pueblos de los Balcanes, que lo sufrieron durante varios siglos. Más recientemente, Turquía invadió la isla griega de Chipre como si quisiera hacer honor a su secular política de expansión mediterránea, antaño contenida principalmente por españoles pero también por otros países del sur de Europa.

Esta mirada a la historia viene a cuento de las veces que nuestros dirigentes intentan convencernos de que Europa es algo más que una reunión de burócratas del mercado y azuzan ante todos nosotros nuestro pasado común. Por eso, en buena lid, alguien debería sacarlo ahora a colación. Naturalmente, algunos dirán que los turcos de entonces no tienen nada que ver con los de hoy y, en parte, tienen razón. Pero sólo en el sentido de que aquellos que oprimían a los europeos y de los que nuestros antepasados tuvieron que defenderse durante mucho tiempo ya han muerto. Sin embargo, por otro lado, los turcos de hoy, por actitud y por creencias, se parecen mucho más a los turcos de Lepanto de lo que los españoles de hoy se parecen a los españoles de Lepanto. Esto presenta serios inconvenientes y el principal es que nos hace débiles en la negociación. Porque creer, como hace Jack Straw, que Turquía "ha cambiado mucho" sólo puede considerarse o locura o estupidez.

El partido de Recep Tayyip Erdogan, que dirige el país asiático, es un partido de raíz islámica que, no sin habilidad, conoce las flaquezas de los líderes europeos, cede aquí y allá y modifica el código penal con visos de obtener ventajas claras. Pero pensar que unas cuantas modificaciones en el código penal, obtenidas además bajo presión política de Bruselas, cambia la mentalidad de siglos de setenta millones de turcos es, sencillamente, puro voluntarismo o wishful thinking, que dicen los británicos. Lo que un gobierno cambia otro puede restablecerlo, más aún si la mentalidad islámica está fuertemente enraizada en las capas populares.

Es difícil conocer qué es lo que pasa entre bastidores porque, pese a la verborrea de la "libertad de expresión", la "transparencia", la "pluralidad" y un montón más de lugares comunes, las principales decisiones de la política se toman al margen de la opinión pública. Con los datos que manejamos, es evidente que desde el momento en que setenta millones de turcos sean "ciudadanos europeos", será mucho más difícil controlar el peligro islamista. Las fronteras de la UE llegarán hasta el avispero de Oriente Medio y todo cuanto allí suceda será desde ya, mucho más directamente, política de Europa. Turquía es, además, un país muy pobre que tiene una renta per cápita anual de 3000 dólares, frente a los 22.000 de la renta de la UE. La equiparación de la media turca a la europea implicará invertir enormes sumas de dinero que serán detraídas de los fondos destinados a los países del este, verdaderos europeos que tuvieron la desgracia de padecer cincuenta años de comunismo. Europa, tras el ingreso turco, pondrá tras sus fronteras el tremendo y candente problema kurdo y se atraerá sin duda la cólera de los radicales kurdos, dado que, sin duda, la UE se posicionará con el Estado turco. Por si fuera poco, la libre circulación de turcos por Europa originará una bolsa de trabajadores que presionará fuertemente en toda la Unión el precio de la mano de obra a la baja. Y es que ellos tienen mucho que ganar –por ejemplo, fondos estructurales e inversiones privadas– y nosotros mucho que perder.

Pese a todo esto, en círculos mundialistas el ingreso de Turquía en la Unión Europea se da por hecho. Steven A. Cook, el experto del Council of Foreign Relations en temas de ese país, afirma públicamente que, "pese a las reticencia europeas, Turquía finalmente entrará en la UE". Cook dice además que los EE.UU. son partidarios de una Turquía en la Unión pese a que reconoce que "de hecho el 95 por ciento del público turco se opuso a la guerra" de Iraq y a la política estadounidense. ¿Por qué, entonces, se presiona desde los ámbitos más dispares para tomar una decisión que, en apariencia, a nadie interesa realmente?

En Europa, en los países principales de la Unión, la oposición ha sido más bien escasa. Pese a que nuestro país debería de ser uno de los primeros interesados en que Turquía no entrara en la UE, en la clase política española casi nadie se ha pronunciado en contra. Ni la izquierda de la "concordia" y el "talante" socialista, ni los adalides del "patriotismo constitucional". Simplemente, parece que en todas partes no es tema de demasiada discusión. Esto es algo que sucede casi siempre con las decisiones que ya han sido tomadas en alguna instancia.

En realidad, sólo la posición estratégica de Turquía en el Oriente Medio justifica esa repentina revalorización de Turquía a los ojos de las élites "occidentales". Puede que en la futura guerra del lobby neoconservador con Irán haya sido necesario comprar definitivamente a los turcos. Frente a Iraq, Turquía estuvo a punto de cerrar sus fronteras a los suministros del ejército aliado desde el norte, debido a la presión popular islamista, que concebía la acción militar angloamericana como una nueva agresión colonial de conquista de los "cruzados" occidentales.

La pregunta ahora sería: con la zanahoria de un suculento ingreso en la UE, ¿se atrevería Turquía a negarse a los designios de Occidente? Esto, y sólo esto, explicaría la increíble unanimidad de nuestros políticos a la hora de juzgar favorablemente una presencia tan surrealista como la de Turquía en la Unión. Mientras tanto, alguien tiene que oponerse y defender el interés real de Europa porque mucho es de temer que no va a hacerlo ninguno de los que conocemos.

Presupuestos de Defensa. Complacencia militar.

Presupuestos de Defensa
Complacencia militar

La satisfacción de los militares viene sobre todo del aumento del capítulo 2, los gastos corrientes Los Altos Mandos de las Fuerzas Armadas se han mostrado más que satisfechos con los primeros presupuestos de defensa socialistas. Primero porque, en comparación con lo que venía defendiendo el PSOE en la oposición, los presupuestos resultan más bien decorosos. Segundo porque el Gobierno les da más dinero para sus gastos corrientes y les exige menos en términos operativos.

Es cierto que el presupuesto de Defensa crece menos que la media del gasto público. Pero en parte ese menor crecimiento se debe a la reducción de un gasto de personal que siempre quedaba sin gastar como consecuencia del problema de reclutamiento de las Fuerzas Armadas. Así, el crecimiento de los gastos de funcionamiento e incluso de las inversiones resulta moderadamente expansivo. El problema es que con ello el Ministerio de Defensa renuncia ya de entrada a unas Fuerzas Armadas de una mínima entidad para nuestro país.

La satisfacción de los militares viene sobre todo del aumento del capítulo 2, los gastos corrientes. Este incremento es un gran alivio tras la férrea disciplina que los gobiernos del PP habían impuesto a todo el sector público, incluyendo las Fuerzas Armadas. Las unidades tendrán así más dinero para combustible, para dietas, para mantenimiento y otros gastos para la vida en los cuarteles.

El Gobierno rebaja además el nivel de ambición operativa que había impuesto Aznar en los últimos años de mandato. Los militares españoles tienen hoy la completa seguridad de que no serán requeridos por el Gobierno para participar en ninguna operación de combate y que incluso las operaciones de paz o de ayuda humanitaria se verán progresivamente reducidas por el temor del Gobierno a que puedan surgir complicaciones.

Hay aún un tercer motivo para la complacencia de los ejércitos. Nada de transformación que no nazca de los propios Cuarteles Generales. Primero porque un Gobierno que renuncia explícitamente a la fuerza en todos los casos no tiene necesidad de transformar su instrumento militar a los nuevos requerimientos de ningún conflicto. Segundo porque la agenda del Ministro está en los desfiles y en los discursos, pero muy lejos de la adecuación de nuestras Fuerzas Armadas a las nuevas exigencias estratégicas.

Los militares se plantean así un horizonte de incremento moderado de los recursos, una disminución de las exigencias operativas por parte del Ejecutivo y una nula interferencia del poder civil en la política militar. El problema es que este presupuesto, volcado en el corto plazo y que busca interesadamente esa complacencia de los militares, puede ser pan para hoy y hambre para mañana.

Mensaje del Partido Socialdemócrata de Cuba

El Doce de Octubre en la embajada de La Habana
Mensaje del Partido Socialdemócrata de Cuba
Zaldívar y la disidencia cubana

Por su interés, reproducimos una nota de prensa divulgada por el Partido Socialdemócrata de Cuba, organización declarada ilegal por la dictadura castrista. Su presidente, Vladimiro Roca, es hijo de quien fuera uno de los líderes históricos del comunismo cubano (Blas Roca), y estuvo preso desde 1997 hasta 2002 por suscribir uno de los documentos más importantes en la historia de la disidencia interna: La Patria es de todos.

“Soy socialdemócrata y solidario, pero no cómplice de lo mal hecho”. Con estas palabras respondió Vladimiro Roca, presidente del ilegal Partido Socialdemócrata de Cuba, a las preguntas que le hicieran periodistas de las agencias de prensa internacionales acreditadas en Cuba sobre el discurso del embajador español en La Habana, don Carlos Alonso Zaldívar, durante la ceremonia en celebración del descubrimiento y conquista de América.

El discurso de bienvenida del embajador español fue una remembranza de las viejas políticas erradas que se elevaron desde el pedestal siempre detestable del orgullo imperial y que tanto daño trajeran a la relación entre la Madre Patria y los hijos de la siempre fiel Isla de Cuba.

Según el señor embajador, el Gobierno español considera errada la política de invitar a la disidencia cubana a sus actos diplomáticos, pero que, ante la negativa del resto de los países de la Unión Europea a cambiar dicha medida de solidaridad, no les quedó más remedio que proceder con las invitaciones.

Este discurso irrespetuoso ante el dolor de la tragedia cubana pone al descubierto la temida realidad de que el Gobierno español parece dispuesto a aceptar el chantaje de la dictadura más antigua y despiadada que haya sufrido este Hemisferio en toda su historia.

Las declaraciones del ministro Moratinos, la avalancha de nuevos inversionistas visitando Cuba y explorando nuevas formas de explotación del obrero cubano y ahora este mensaje, lanzado sin la mesura y la delicadeza del lenguaje diplomático, confirman aún más las inquietudes de un pueblo que ha sufrido ya demasiado.

Las palabras del embajador español provocaron la salida de la sede diplomática de la valiente Marta Beatriz Roque Cabello, así como numerosas muestras de simpatía hacia los opositores por parte de numerosos embajadores y personal diplomático presentes en la recepción.

A continuación hacemos pública una carta que dirigiera el presidente del Partido Socialdemócrata de Cuba al presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fechada en La Habana el día 7 de octubre de 2004.

Juan Carlos Acosta Fernández
Secretario de Internacionales del Partido Socialdemócrata de Cuba y Director Ejecutivo de Acción Democrática Cubana

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La Habana, 7 de octubre de 2004

Sr. D. José Luis Rodríguez Zapatero
Presidente del Gobierno español.

Estimado D. Rodríguez Zapatero:

En primer lugar, reciba un fuerte y caluroso saludo desde esta pobre y humillada isla de parte de los socialdemócratas cubanos y en el mío propio.

Motiva esta carta la preocupación que ha surgido en el seno de nuestro partido y de la mayoría de las organizaciones disidentes y opositoras cubanas a raíz de las declaraciones realizadas por el canciller Moratinos en el Congreso [español] sobre la futura política del Gobierno español con respecto a Cuba.

Considero necesario poner en perspectiva la situación de la oposición en Cuba y la posición común de la Unión Europea (UE); creo que está bien informado al respecto, aunque las declaraciones de Moratinos parecen decir lo contrario.

1.- La mayoría de las organizaciones opositoras y disidentes están de acuerdo con la posición común de la UE. Dicha posición responde a que invitar disidentes y opositores al actual o a cualquier Gobierno futuro es un derecho de las sedes diplomáticas acreditadas en cualquier país.

2.- Existen algunos disidentes que no coinciden con esta línea, pero son una minoría dentro del amplio espectro de organizaciones opositoras existentes en nuestro país.

3.- Renunciar a invitarnos a las actividades para lograr un acercamiento al Gobierno cubano, el mismo que se alejó de España y la UE por su vocación represiva, antidemocrática y terrorista, sería aceptar el chantaje que ha pretendido imponer el gobernante cubano, a través de la negación de atención en las instancias oficiales a los diplomáticos de la UE, como represalia a la posición común en defensa de la democracia y los derechos humanos en Cuba; que en realidad merece la misma respuesta por parte de los gobiernos de la UE con los embajadores cubanos, aplicando el concepto de reciprocidad en las relaciones bilaterales en vez de estar pensando en recomponer unas relaciones deterioradas por culpa del Gobierno de la Isla.

4.- Como ex preso político y opositor, creo que ninguno de los opositores presos en la oleada represiva del año pasado recibiría con agrado que su libertad se obtenga a partir de que se haga dejación de derechos por los cuales estamos luchando y que son la causa directa de su encarcelamiento.

5- Según mi criterio, la política que plantea el canciller Moratinos no es nueva: ya estuvo vigente durante el Gobierno de Felipe González, y la misma fue un fracaso, como ha reconocido el propio González en declaraciones a la prensa.

6.- Estas consideraciones no van contra los deseos del Gobierno español de abrir vías de comunicación y diálogo con las autoridades cubanas para tratar de buscar cambios hacia la democracia y el respeto de los derechos humanos, lo cual apoyamos, pues nosotros mismos estamos a favor del diálogo y la reconciliación. Pero diálogo significa escuchar criterios opuestos a los propios y tratar de conciliar los puntos que se puedan a favor del beneficio del pueblo, lo que, por desgracia, no es el caso con este gobierno; ya que la actitud que mantiene es de negación a aplicar cualquier tipo de medida que pueda beneficiar al pueblo, y ni siquiera respeta su Constitución y sus leyes.

Discúlpeme por el lenguaje tan directo y crudo utilizado, pero el tema para nosotros es de vital importancia para complicarnos con discursos diplomáticos.

Aprovecho la oportunidad, estimado señor Rodríguez Zapatero, para ratificarle el testimonio de mi más alta consideración y respeto.

Vladimiro Roca
Presidente del Comité Gestor

C.C: Trinidad Jiménez. Secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE.

Izquierda y nacionalismo. Spain is different.

Izquierda y nacionalismo. Spain is different.


En España, la izquierda y los nacionalismos han actuado siempre coordinados. Uno se pregunta cómo es posible que esa alianza no se haya interrumpido en ningún momento durante más de un siglo Spain is different, incluso en su izquierda política. Si se compara la izquierda española con la de otros países europeos percibimos algunas características comunes, pero también otras muchas muy específicas de aquí, y ha sido así siempre, como comprobamos no sin sorpresa al leer nada menos que a Carlos Marx y Federico Engels.

Marx y Engels escribían en 1873 un artículo titulado La República en España, publicado en el diario Der Volksstaat (obviamente sobre la Primera República Española). En él descalifican a las pequeñas repúblicas de tipo cantonal, como la Suiza o las de Hamburgo o Bremen (de la época), señalando que "como herencia de la edad media, han adoptado formas más o menos democráticas, y, en el mejor de los casos, han sustituido el dominio de los patricios por el dominio –no mucho mejor– de los campesinos (...)". Más adelante califican la posible destrucción de la unidad nacional de España como "reaccionaria", pues reproduciría "una Suiza mayor". Critican también la compartimentación de la fiscalidad en la España de entonces, por "absurda de punta a cabo".

En el mismo periódico y en el mismo año se publicaron tres artículos bajo el título general de Los Bakuninistas en acción, de los que es autor Engels. Éste se explaya en él contra las locuras cantonales de la Primera República, en la que participó la izquierda revolucionaria española. Engels señala: "lo que interesaba a los señores intransigentes [separatistas] por encima de todo era la instauración de la república federal lo más rápidamente posible, con el fin de ocupar el poder y los numerosos cargos de nueva creación en el gobierno en cada uno de los cantones". Ese era el verdadero propósito de "despedazar a España". Por otro lado, la izquierda apoyaba el pillaje y el saqueo de los separatistas para, de esa manera, destruir el Estado fraccionándolo, y hacer así la revolución "desde abajo".

En España, la izquierda y los nacionalismos han actuado siempre coordinados. Uno se pregunta cómo es posible que esa alianza no se haya interrumpido en ningún momento durante más de un siglo: desde la locura de la Primera República, pasando por la alianza de sangre durante la Segunda República, hasta la voladura controlada de la Constitución de 1978, los que en cualquier país de Europa no habrían sido sino antagonistas en España han compartido siempre el lecho.

Más sobre el 34.

Más sobre el 34.

Desde que empecé a publicar sobre la guerra civil hace ya cinco años, señalé la necesidad de un debate académico que apartase la guerra, de una vez, de la propaganda y de la política actual. A esta oferta de diálogo se han negado los funcionarios de la historiografía, con dos falacias: que los "historiadores profesionales" estaban contra mis tesis; y que con el debate yo sólo buscaba hacerme propaganda. Estos personajes se arrogan fraudulentamente la representación del gremio, pues, desde luego, bastantes historiadores profesionales están de acuerdo conmigo; y, para desgracia de su segunda argucia, he tenido la suerte de que mis libros sean mucho más leídos que los suyos, por lo cual no soy yo quien necesita hacerse propaganda sino ellos, en todo caso.

Estas actitudes, reveladoras del nivel académico y democrático de tales personajes –lo explica muy bien Stanley Payne en el prólogo al libro 1934.Comienza la guerra civil–, han venido acompañadas de la correspondiente lluvia de injurias, exigencias de censura, negación del derecho de réplica y otros métodos de silenciamiento y desprestigio que esta vez, por suerte, han resultado poco eficaces (aunque a menudo lo han sido: ¿quién conoce, por ejemplo, estudios excelentes sobre la revolución del 34 como los de Barco Teruel o Sánchez García-Saúco? Y a Ricardo de la Cierva han logrado marginarlo en algunos ambientes). El ejemplo más siniestro fue la reacción a la entrevista que me hizo en TV2 Carlos Dávila. A raíz de ella se desató contra Dávila una catarata de presiones e insultos de estilo chekista, que logró su fin intimidatorio, pues no he vuelto a ser llamado por ninguna otra cadena de televisión, pública o privada (sí, ocasionalmente, por algunas locales o no abiertas al público general). El mismo Sánchez Dragó ha mostrado reticencia a entrevistarme. Y se comprende: en cuanto los socialistas volvieron al poder la primera cabeza que rodó en televisión fue la de Dávila, con el "talante" típico: destitución fulminante, sin la menor cortesía o respeto a las formas.

Pero, fallidos el insulto, la intimidación y el silencio, tuve la certeza de que antes o después tendrían que probar con argumentos. Y así empieza a ocurrir tímidamente. Doña Marta Bizcarrondo acaba de publicar un largo artículo en El País para refutar a los "panfletarios conversos" (vean cómo las gasta la moza) que interpretamos la insurrección izquierdista de octubre del 1934 como el comienzo de la guerra civil. Hoy resulta ya imposible negar la evidencia de los documentos del PSOE y de la Esquerra: esos partidos quisieron, organizaron y llevaron adelante la guerra civil en aquel año, y Azaña replicó a la victoria electoral de la derecha en 1933 intentando dos golpes de estado (así eran los que defendían la democracia y las libertades según quieren hacer creer los funcionarios de la historiografía). Estos hechos pueden considerarse firmemente asentados, por más que algunos todavía se resistan a admitirlo. Quien tenga alguna duda puede consultar el amplio apartado documental del libro 1934.

Pero, objeta doña Marta, quienes señalamos estas cosas olvidamos la otra parte del problema: ¿qué pasaba con la derecha? ¿Acaso no parecían tener intenciones totalitarias las derechas? ¿Y qué ocurría con la situación internacional, con la subida de Hitler al poder o la política de Dollfuss en Austria? Obsérvese que doña Marta no pretende que la CEDA, principal partido derechista, fuera fascista. Ningún historiador medianamente serio, de derecha o de izquierda, sostiene hoy tal cosa. Lo que ella viene a plantear es que, ante la situación internacional y ciertos comportamientos de la CEDA, las izquierdas tenían motivos para estar alarmadas y llevar a cabo un golpe preventivo, quizá injustificado en el fondo, pero muy explicable en el contexto de los miedos de la época. Ya en Los orígenes de la guerra civil mostré la poca seriedad del argumento, citando esta frase de la misma Bizcarrondo: "El problema no es si Gil Robles era o no fascista, sino si en la coyuntura de 1933 la desconfianza de la izquierda era o no justificada". Ella la cree justificada, claro, pero ¿no estaría la derecha más justificada para temer una revolución con la que constantemente amenazaba el PSOE, y adelantarse mediante otro golpe preventivo?

En otras palabras, la CEDA no era fascista pero "daba la impresión" de serlo, y los sucesos de Alemania y Austria bastaban a disparar los temores. Por lo tanto, la rebelión de las izquierdas en 1934 no debe verse como una intentona de guerra civil sino más bien como una respuesta, errónea pero comprensible, a lo que la izquierda percibía como un peligro inminente. Y de esa respuesta habría tenido mucha culpa la CEDA, por no haber obrado con más moderación. Este peculiar argumento ha calado muy ampliamente, también en la historiografía de derechas.

Desde luego, las izquierdas no dejaron de acusar a la CEDA de fascista, y muchos militantes izquierdistas tuvieron que creérselo; pero, a pesar de eso y del amplio "consenso" logrado en la historiografía reciente, la explicación es radicalmente falsa. Y de probar su falsedad se encargan los mismos líderes socialistas de la época, a quienes, imperdonablemente, muchos historiadores han prestado poca atención. Así, el padre intelectual de la insurrección de octubre, Araquistáin, dejó constancia en la revista useña Foreign Affairs de su verdadero pensamiento por los mismos meses en que él, con su partido, organizaba –insisto– la guerra civil. Al revés que en Alemania o Italia, escribía Araquistáin, en España "no existe un ejército desmovilizado (…) no existen cientos de miles de universitarios sin futuro, no existen millones de parados. No existe un Mussolini, ni siquiera un Hitler [por entonces a Hitler aun se le conocía mal]; no existen las ambiciones imperialistas ni los sentimientos revanchistas (…) ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta". Argumentos semejantes había esgrimido el propio Largo Caballero ante una delegación sindical extranjera. Sin embargo, a sus seguidores les decían exactamente lo contrario. ¿Por qué? Obviamente, porque el fantasma del fascismo les servía para soliviantar a las masas con vistas a su proyecto de toma del poder. Un historiador serio debe saber distinguir la espuma propagandística de los verdaderos impulsos bajo ella.

Doña Marta olvida algo no menos esencial: si los dirigentes socialistas agitaban a la población con aquellas falsedades, dentro del propio PSOE hubo quien rehusó seguirles, Besteiro. Éste negó tal peligro fascista, denunció que la propaganda del partido estaba envenenando a los trabajadores con patrañas y aspiraciones de "dictadura proletaria", y que todo terminaría en un baño de sangre. Hasta anunció que, aun si triunfaba el PSOE, la guerra seguiría con los anarquistas (fue un verdadero profeta, si juzgamos por lo ocurrido en 1937 y 1939). Pero la historiografía izquierdista, incluso la que se proclama moderada y democrática, ha solido dar más valor a la propaganda del sector bolchevique del PSOE que a su desenmascaramiento por Besteiro.

Esta errónea valoración de las fuentes se acompaña de una falta no menor de sentido crítico. Carrillo, por ejemplo, sostiene en sus memorias que la CEDA era un partido fascista, pero él mismo se enreda en sus sofismas. Cuando iban a ordenar la insurrección, los líderes del PSOE se plantearon qué hacer si salían derrotados. Decidieron que en tal caso negarían toda relación con la revuelta, presentándola como un movimiento espontáneo. Esto los retrata moral y políticamente, pero hay más, como explica Carrillo: "En ese momento me hubiera gustado mucho más asumir mi responsabilidad. Me parecía más gallardo y no veía en qué podían cambiar las cosas si decíamos que era espontáneo. Pero me equivocaba. Aparte de la suerte personal que hubiéramos podido correr en el momento, nuestras organizaciones hubieran sido aplastadas y no se hubieran mantenido y fortalecido tan rápidamente". Esto es una confesión en toda regla: no sólo sabían la inexistencia del tan cacareado peligro fascista, sino que creían que, incluso ante una provocación tan tremenda como la insurrección, la derecha mantendría la legalidad republicana, cuyas garantías permitirían a los socialistas defenderse legalmente (Largo Caballero, máximo líder del alzamiento, saldría… ¡absuelto por falta de pruebas!); y más aún: mantener sus organizaciones y fortalecerlas después del sangriento fracaso. Vaya miedo tenían al fascismo…

Y tuvieron completa razón en sus expectativas. La CEDA no sólo no replicó con un contragolpe sino que defendió y mantuvo la Constitución, pese a no gustarle por diversas razones, en particular su carácter no laico sino anticatólico.

Si con ingenuidad totalmente acrítica hubiéramos creído la propaganda de las izquierdas esperaríamos que, después de la contundente prueba de legalismo y moderación dada por las derechas en el poder, cesarían las acusaciones de fascismo contra Gil-Robles y la CEDA. Con lo cual repetiríamos el "ingenuo" error. Tales acusaciones se recrudecieron, si ello era posible.

¿Cuál fue, pues, el auténtico motivo de la insurrección? También lo encontramos fácilmente una vez dejamos de tomar el ruido propagandístico por una fuente digna de toda fe, como hace con dudosa ingenuidad doña Marta. Antes de imponerse por completo (empleando también la intimidación y la agresión), los partidarios de la guerra civil tuvieron que discutir con los de Besteiro. En un importante encuentro de líderes de la UGT, poco después de la derrota electoral de noviembre del 33, el besteirista Saborit alega: "¿Se trata de que hay un peligro inmediato de fascismo? Yo digo que eso seriamente no hay quien lo diga (…) Lo que ha habido en España es una coalición electoral terrible contra nosotros, no contra la República". Y le responde Amaro del Rosal: "Esta situación determina que hay que hacer el movimiento y que es favorable (…) El año 33 es favorable a la revolución. Existe un espíritu revolucionario; existe un Ejército completamente desquiciado, hay una pequeña burguesía con incapacidad de gobernar, que está en descomposición (…) Tenemos un Gobierno que no conoce la historia de España, que es el de menor capacidad, el de menos fuerza moral, el de menos resistencia. Por eso yo opino que ahora todo está propicio".

Quienes opinaban que todo estaba propicio para la revolución se impusieron sobre quienes defendían la democracia y la legalidad. No temían ningún golpe fascista, repito por enésima vez: simplemente estaban seguros de ganar. Ahí radica todo el secreto de aquella decisión histórica que abrió la guerra civil.

Pero, insistirá todavía alguno, ¿y la situación internacional? ¿Y ciertas actitudes amenazantes de la CEDA? Como queda claro a partir de lo ya visto, no fueron causas reales, sino pretextos utilizados por el PSOE para movilizar a las masas y justificar una decisión previamente tomada. Aun así, trataré también esas "amenazas" en otro artículo.