11 de junio: Salamanca en la calle en defensa de la unidad del Archivo General de la Guerra Civil.
Iba a ser el sábado 4 de junio, pero finalmente la manifestación en defensa de la unidad del Archivo ha sido retrasada hasta el próximo sábado día 11.
El motivo está más que justificado. Se trataba de que no coincidiera con la concentración que las víctimas del terrorismo llevaron a cabo ayer en Madrid.
Pero la pregunta es clara. Si la manifestación es un éxito, como así se prevé, ¿servirá realmente para algo? Es prácticamente imposible una contestación tajante, pero sí cabe aventurar algunas posibilidades. Lo que parece claro, aunque sea duro decirlo así, es que sea lo que sea lo que ocurra el día 11 en Salamanca, será harto complicado que el Gobierno rectifique sus planes de trasladar parte del Archivo General de la Guerra Civil a Cataluña. Sin embargo, sí es posible, e incluso factible, que si, por ejemplo, 50.000 personas (igual daría que fueran 30.000, pero mucho mejor si son 70.000) salen a las calles de Salamanca a gritarle a Zapatero y a su Gobierno que no están de acuerdo con la decisión de llevarse los papeles, el proyecto de ley que pone en peligro el futuro del Archivo salmantino se modifique de tal forma que sólo sean los legajos catalanes los que salgan de la ciudad. Esto supondría en la práctica garantizar la viabilidad del actual Archivo, que por otra parte el Gobierno ha prometido potenciar. Lo que no admite discusión es que si detrás de los papeles de la Generalitat van otros, es evidente que se apagaría cualquier luz que pudiera haber al final del túnel.
Y es que, en un momento dado, perder los papeles que se lleven a Cataluña podría llegar a ser un sacrificio asumible si, a cambio, se evita la salida de más fondos del Archivo de Salamanca hacia distintas partes de España (País Vasco, Aragón, Valencia
) y, a su vez, se promueve la incorporación de nuevos documentos para el proyecto que ha planteado el PSOE. No es lo mejor, pero sí puede ser lo menos malo.
Hay que tener en cuenta que buena parte de la ciencia política pasa por una buena negociación y una vez que se ve perdida una batalla, hay que hacer lo posible para no perder la guerra. En definitiva; si realmente una parte de los papeles del Archivo van a acabar en Cataluña, no parece descabellado intentar conseguir a cambio una serie de compensaciones, no siempre relacionadas con el propio Archivo, pero imprescindibles para el futuro de Salamanca. No hace falta enumerar aquí todas las carencias que tiene esta provincia en materia de infraestructuras, sanidad, educación, etcétera. Por lo tanto, campo abierto para recibir hay más que de sobra.
Ahora, bien. Está claro que para poder hacer fuerza es importante que la manifestación sea un éxito y que sean muchos los salmantinos, los castellanos y leoneses y los españoles, en definitiva, que participen en una marcha cuyo objetivo final pasa por reivindicar una dignidad y un respeto en forma de documentos que han servido para obtener apoyos en forma de votos en la Cámara Baja.
Sea como sea, es también totalmente respetable la postura de todos aquellos que opten por no acudir a la manifestación o que ni siquiera la apoyan. Una vez más, la política se ha metido por medio de un conflicto en el que los salmantinos apuestan por el orgullo frente a la practicidad de usar un Archivo que es de España, ubicado eso sí en el casco antiguo de una de sus más bellas ciudades, como moneda de cambio en la Cámara Baja. Sin embargo, y por difícil que sea, habría que intentar separar la política de lo que, en el fondo, es una reivindicación justa. ¿Alguien piensa que buena parte de los responsables socialistas en la provincia salmantina no desearían agarrar con fuerza la pancarta de una manifestación que lo único que pide es que no se desmantele el Archivo de Salamanca? Tristemente, los misiles partidistas, en ambos sentidos, han evitado mirar con perspectiva lo que realmente se está jugando Salamanca, que no es otra cosa que su prestigio, bastante vapuleado en los últimos años.
Ahora bien, tan importante es que la manifestación sea un éxito de participación como que no se produzcan incidentes. Es ésta una de las ocasiones en las que las formas pueden acabar con el fondo. La razón, que en este caso ampara a los convocantes de la manifestación, puede cambiar de lado si se intenta imponer por medio de insultos, amenazas o amagos de violencia.
El PP tuvo que vivir momentos muy duros con la guerra de Irak. La estrategia socialista, sin embargo, se tornó en errónea por excesiva. Convirtieron a los presuntos agresores en víctimas. No es el momento de pasar factura. Los manifestantes deben dejarse oír pacíficamente, sin estridencias, sin insultos. Su voz llegará más nítida a La Moncloa.