Como en aquella película de los hermanos Marx, la parte contratante de la primera parte ya ha dicho cuál es el primer punto del acuerdo, es decir, las bombas. Yo no puedo saber lo que de verdad pasa por las cabezas de esa panda de mafiosos asesinos, y corro el riesgo de equivocarme en el análisis, pero vengo sosteniendo, desde que el Parlamento aprobó la famosa resolución que autoriza al Gobierno a dialogar con el demonio, que no encuentro motivos para que los terroristas declaren una tregua, y mucho menos para que entreguen definitivamente las armas.
Entiéndanme: ¿Por qué va a renunciar ETA a su carta para la negociación, es decir, cometer atentados, cuando además nadie le pide que lo haga? Por mucho que en estos últimos días escuchemos por boca de ministros y dirigentes socialistas que la única carta que puede escribir ETA es la de su rendición, lo cierto es que la resolución que aprobó el Congreso con los votos en contra del PP autoriza a negociar sin necesidad de que ETA deje las armas. No pide tregua alguna, sino, simplemente, que se den las condiciones para iniciar el diálogo, y que el fin de la violencia vendrá como consecuencia del mismo. O no, claro.
Y esto es lo que, unas horas después de que la bomba viniera a recordarnos que ETA sigue teniendo capacidad para matar, el presidente Rodríguez respondió a la mano tendida dentro del Pacto Antiterrorista de Mariano Rajoy: más de lo mismo, es decir, nada con el PP, todo con los amigos del Club de Perpignan. A pesar de los pesares, hay quienes siguen creyendo que Zetapé es un alma cándida que se ha dejado llevar por la buena fe, y que ha sido vilmente engañado, cual Eva por la serpiente. A estos les quedan todavía muchas vendas que caérseles de los ojos.
ETA puso el miércoles una bomba en Madrid. Pudo haber matado, y por suerte no lo hizo. Pero el caso es que, gracias al talante de Rodríguez, gracias a su particular visión iluminada sobre lo que por sí mismo y sus propias fuerzas podía hacer para lograr la paz, hoy ETA es más fuerte. La misma ETA que habíamos conseguido acorralar gracias a la acción implacable del Estado de Derecho y la unidad de los demócratas, la misma ETA que se iba a quedar sin su último reducto de legalidad al desaparecer definitivamente del Parlamento Vasco, lo que iba a suponer su puntilla definitiva, vuelve me dicen mis amigos del País Vasco- a sacar pecho por las calles de las ciudades y los pueblos de aquella tierra, en lo que supone la mayor de las ignominias para quienes tienen que ver reforzada su seguridad y, sobre todo, para las víctimas.
Rodríguez está sometido a la agenda que le marca ETA. Desde el mismo momento en que ofreció diálogo sin condiciones, puso en casa a la banda terrorista, y ahora ésta le dice, día tras día, lo que tiene que hacer, los pasos que tiene que dar si quiere lograr su objetivo, aunque sea a costa de la dignidad de las víctimas y del consenso de todos los españoles. Y mientras todos seguimos pendientes de lo que haga ETA, de lo que diga ETA por sí misma o por boca de Otegi, o del PCTV ahora llamado Izquierda Abertzale-, de lo que quieran ETA y los amigos de ETA empezando por el socio de Gobierno, ERC-..., el país no lo gobierna nadie.
Vivimos de la inercia, sin que desde el Gobierno se actúe en favor de la mejora de nuestras condiciones de vida. Es más, si me apuran, es tal la desidia que hasta puede ocurrir que todo esto se tuerza en un plazo breve de tiempo y que, cuando queramos darnos cuenta, sea demasiado tarde para corregirlo. Vamos, me dice un lector amigo, sin remisión camino del desastre. Vale, bien, me dirán que me pongo catastrofista pero, ¿qué quieren que diga cuando en un mes se van a negociar las perspectivas financieras y -como ya adelanté hace tiempo, cuando se iba a votar en referéndum el Tratado Constitucional de la UE- España va a salir todavía peor parada de lo previsto?
La lógica dice que un presidente de Gobierno, ante una situación que se vuelve en contra nuestra porque no resuelve el llamado problema español la transición de ser receptor a ser contribuyente-, sino que lo agrava, debería montarse en el Airbus que hace las veces de Air Force One patrio y recorrer país por país los 25 Estados miembros recabando apoyos.
Pero no. Rodríguez esta encerrado en La Moncloa y no tiene intención de luchar ni un round por la defensa de nuestros intereses en Europa. Esa batalla la perdimos el día que se entregó a los intereses francoalemanes a cambio de un par de golpecitos en la espalda de Chirac y Schroeder por mirarle mal a Bush, para que luego ellos vinieran a recomponer sus relaciones con Washington mientras a nosotros nos toman por el pito del sereno. A la pérdida de fondos en el plazo de dos años si sale la propuesta luxemburguesa y todo hace pensar que sí- hay que unir que, si bien es cierto que la economía española sigue viviendo de las rentas del pasado cercano, no lo es menos que existen incertidumbres por la caída en picado de la competitividad de nuestra economía.
Además, está la mala costumbre socialista de hacer del gasto público un sancta sanctorum que impepinablemente acaba provocando los peores desequilibrios en nuestra economía. Solbes, el ortodoxo Solbes, el benefactor Solbes, prepara unos presupuestos expansivos en los que, en términos de contabilidad nacional, el gasto público se duplica respecto a lo que ocurría cuando eran Rato y Montoro los que hacían los números de las cuentas públicas. Y ya tenemos la experiencia de a donde nos condujo Solbes antes del 96.
No es lo único, no se crean. El Gobierno ha puesto la señal de stop a la inversión pública el gasto que crece es gasto improductivo, gasto social-, a la cultura, a la sanidad, a la educación, a la defensa, al agua para todos, a la lucha contra la delincuencia y la inmigración ilegal, a nuestra promoción exterior, a la I+D, al impulso digital... a todo lo que debería hacer nuestra vida mejor y más fácil, mientras les abre las puertas del Olimpo a los enemigos del Estado, a los que quieren desmembrarlo o convertirlo en un Estado federal, sino confederal.
Ayer leía una buena noticia, la constitución en Cataluña de una plataforma cívica, con voluntad de ser partido político, nacida de la izquierda pero con vocación constitucionalista y antinacionalista. Está bien que, por fin, la lucha contra quienes solo buscan la desintegración de este país la protagonice también la izquierda culta y democrática, la izquierda que abjura de totalitarismos y que cree en la libertad, la misma izquierda que de la mano de Nicolás Redondo buscó espacios de consenso constitucionalista en Euskadi y que debe enfrentarse, sin temor, al radicalismo de Esquerra y el PSC.
En España gobierna una izquierda que bebe del manantial de sus ancestros marxistas. Rodríguez es como un Largo Caballero sin ni siquiera la mitad del trasfondo intelectual que tenía Largo Caballero, y con el doble de su sectarismo. Por eso no le importa -aunque diga lo contrario- que ETA le marque la agenda. A mí, al menos, no me engaña.