Cuando el 14 de marzo de 2004 el PSOE ganaba las elecciones generales merced a los atentados que unos días antes tuvieron lugar en Madrid, y cuya autoría todavía sigue siendo hoy un misterio –aunque para algunos empieza a estar bastante claro que detrás de los mismos se encontraban tanto la ETA como una parte de la estructura no desarticulada de los GAL-, el franquismo sociológico que ha encontrado en la izquierda su hábitat natural, y cuyos máximos exponentes son los cabecillas del Grupo PRISA, Polanco-Cebrián, elaboró un documento cuya finalidad era establecer la hoja de ruta que debía seguir el nuevo gobierno socialista de Rodríguez Zapatero para consolidar el poder que acababa de adquirir y perpetuarse en el mismo, toda vez que los últimos años de Felipe González habían demostrado que el centro-derecha liberal era capaz de aglutinar suficientes votos como para arrebatar a la izquierda algo que dicha izquierda considera como propiedad suya. Se trataba, con ese documento, de fijar la estrategia dirigida a evitar que el PP pudiera volver a ocupar el poder, porque una vez asumidos los errores que cometió el Gobierno de Aznar en la segunda mitad de su segunda legislatura, pero gobernando como lo había hecho hasta ese momento, resultaría mucho más difícil arrebatar el Gobierno a la derecha liberal. El objetivo, por lo tanto, era aniquilar al PP, liquidar sus posibilidades de continuar siendo una alternativa de Gobierno, acabar con cualquier posibilidad de que recuperara lo que había perdido de modo tan dramático.
Creo que lo he contado alguna vez, pero el citado documento hacía de la división en el PP, de la ruptura de la derecha liberal –al modo en que se vino abajo la UCD-, una necesidad imperiosa, y señalaba como estrategia la provocación, es decir, la búsqueda de la radicalización del Partido Popular, algo para lo que contaban con la ayuda inestimable de colaboradores mediáticos conscientes de un lado, y no estoy seguro de si inconscientes del otro. También he dicho alguna vez, pero no me importa repetirlo, que, para mí, el gran mérito de Mariano Rajoy en estos dos años y poco ha sido, precisamente, haber sabido conjurar los intentos por dividir a su partido y, sobre todo, por presentarlo como una formación política alejada de la centralidad y el reformismo liberal. De ahí que si, en un principio, los estrategas del Grupo PRISA y Ferraz habían ignorado al político gallego creyendo que su talante moderado les serviría para contraponerlo a quienes ellos consideran que representan la facción más dura del PP –Acebes, Aznar, Zaplana...- y provocar lo que andaban buscando, ahora, cuando Rajoy ha demostrado que esa táctica estaba equivocada, han decidido, literalmente, ir a por el.
Los acontecimientos de hace unos días en Zamora, donde un nutrido grupo de sindicalistas, y militantes y dirigentes socialistas locales, se dieron cita en el acto del líder del PP para boicotearlo, no son un hecho aislado, sino que forman parte de una estrategia perfectamente diseñada para ir incrementando la presión sobre el PP, hasta el punto de hacer asfixiante su existencia e irrespirable el ambiente a su alrededor. Lo que busca la izquierda con esta estrategia es lo que ya hizo el mundo radical vasco en su tiempo: conseguir que nadie quiera formar parte ni tener nada que ver con la derecha liberal, no por distanciamiento ideológico, sino por miedo. Durante mucho tiempo, yo lo he vivido en el País Vasco, la derecha era una opción marginal porque la gente tenía verdadero temor a la hora de votar –pese a ser un acto secreto- y optaba por otras alternativas –el PSE entre ellas, aunque estuviera alejado ideológicamente-, antes que verse vinculado a algo que podía ser objeto de represalias. Ahora el PSOE y el franquismo sociológico que lo sostiene han encontrado en esta estrategia la manera de alcanzar su objetivo liquidatorio.
Lo de Zamora es continuación de lo que ya ocurrió en Cataluña durante la campaña del referéndum, y preludio de un enrarecimiento y agravamiento del clima de hostilidad hacia los demócratas liberales. Hoy en día, pensar en clave de Democracia y Liberalismo es sinónimo de acusación de facha y extremista, que es la manera que tiene la izquierda de acusar a la derecha de sus propios pecados. En los próximos meses vamos a asistir a una escalada de la violencia contra el PP, la misma violencia que desplegó la izquierda cuando la Guerra de Iraq y el Prestige en nombre de la paz, que tiene gracia la cosa, violencia verbal y física y manifestación popular del talante antidemocrático que una parte de la izquierda, la más minoritaria, pero la que, precisamente por su carácter violento, es la que impone sus criterios, exhibe cada vez que ve peligrar su único y demoledor objetivo: la perpetuidad en el poder. Hace meses, esa izquierda creía que Mariano Rajoy –ese es el análisis que entonces hacían los polancocebrianes- no llegaría a la mitad de esta legislatura al frente del PP. Pero se equivocaron, y ahora tratan de evitar que llegue al final.
El pasado domingo, en su discurso de clausura del Campus FAES, Rajoy señalaba, contundente, que “mi ambición es que la sociedad española pueda olvidar lo antes posible lo que han significado estos años de Gobierno de Zapatero”. Y aunque los acontecimientos de esta semana han ensombrecido esa intervención, merece la pena su lectura porque de la misma podemos extraer la conclusión de un compromiso social de regeneración democrática ineludible en los actuales momentos, y un compromiso que, como establecía Buchanan, parte de la aceptación de las reglas del juego y la garantía de los derechos individuales descritos por el liberalismo clásico. Rajoy representa hoy la idea de libertad individual, supongo que por convencimiento, pero indudablemente por necesidad, y es que si queremos que nuestra democracia, nuestra frágil democracia, sobreviva y se fortalezca en el futuro con unas instituciones más libres y más independientes, es absolutamente necesario volver a recuperar esa idea de libertad individual y respeto a la ley y al Estado de Derecho en que los padres del liberalismo sustentaron el fundamento teórico del mismo.
Y la izquierda, no lo que consideramos como izquierda comprometida con los débiles, que no es más que un mal entendido liberalismo, sino la izquierda heredera del marxismo y que ha enarbolado falsamente las banderas de la libertad y la democracia –banderas que ha pisoteado allí donde la utopía socialista se ha llevado adelante-, no puede consentir que nadie empuñe el estandarte de la libertad sin que ellos hayan extendido previamente el certificado de demócratas, y como Rajoy empieza a conseguir que se extienda la idea de que este Gobierno es cualquier cosa menos un Gobierno democrático, la reacción no puede ser otra que la violencia. Escenas como la de Zamora esta semana, como aquellas algaradas en Cataluña en las que se insultó y se tiraron huevos a los dirigentes del PP, se repetirán, y cada vez con un mayor enconamiento, a medida que el verdadero talante antidemocrático de este gobierno salga a la luz y haya más gente que se dé cuenta de cuál es la verdadera cara, la cara amarga, del Gobierno que tenemos.
La idea de la libertad es necesariamente molesta para el Gobierno de Rodríguez y para el franquismo sociológico polanquista que lo mantiene el poder y le dice lo que tiene que hacer y que decir. Ya no es solo que esta democracia naciera débil por la herencia del franquismo, es que el socialismo, bajo la falsa capa de demócrata, ha escondido su verdadera intención, que no es otra que la de erosionar los controles al poder que había levantado el constitucionalismo liberal, mediante la regulación del capitalismo y la desregulación de la democracia o, lo que es lo mismo, la deconstrucción de la estructura de control del poder al que, al mismo tiempo, se le van concediendo mayores prerrogativas sobre los derechos individuales. Ese es el camino que ha emprendido el Gobierno de Rodríguez, y al que solo cabe contraponer, desde la batalla intelectual, una formidable acción pedagógica en favor de la ética pública. Pero, obviamente, no lo van a consentir. James Madison se preguntaba qué “es el Gobierno, sino la mayor de todas las reflexiones sobre la naturaleza humana”, y añadía que si los hombres fuesen ángeles, no haría falta gobierno, y si los ángeles gobernaran a los hombres, no harían falta controles, pero la dificultad de un gobierno de hombres es que se le debe “capacitar para que controle a los gobernados pero se le debe también obligar a controlarse a sí mismo”.
Esta enorme degradación de la democracia fue denunciada el pasado domingo por Rajoy, y no es de extrañar que dos días después la respuesta fuera violenta. Este Gobierno no sólo ha renunciado a los autocontroles, sino que, además, se ha convertido en un auténtico aniquilador de las referencias liberales de nuestra Constitución y, por lo tanto, del marco legal y jurídico que garantiza las libertades individuales. Afirmaba el líder del PP que “yo no quiero tratar a los españoles como si fueran menores de edad, porque les tengo un enorme respeto. Como demócrata quiero someterme a la voluntad del pueblo en algo que creo que es fundamental. Mi compromiso es firme y mi propuesta se detallará con claridad y con sencillez”. Está claro cual va a ser la apuesta electoral de Rajoy: “España y Libertad”, dos palabras, dos ideas que Rodríguez ha tirado al cubo de la basura de la Historia. Y está clara, a la vista de los últimos acontecimientos, cual va a ser la respuesta socialista a este mensaje: violencia. En esos términos se van a dilucidar los próximos meses, y va siendo hora de que algunas cosas se digan sin miedo al modo en que van a reaccionar los intolerantes de siempre.