Católicos del mundo, uníos.
Católicos del mundo, uníos.
Acostumbrados los católicos a resistir sin defensa los ataques continuos a la Iglesia, a su historia y a sus miembros, no extraña la campaña inquebrantable de los medios de comunicación encaminada a identificar, entre otras sutilezas, la locura del islamismo radical, o la intolerancia propiamente católica con la raíz de fanatismo que, según su particular teoría, todas las religiones encierran. No extraña por tanto tampoco el sutil paralelismo de este Gobierno combativamente laicista, entre Iglesia y retroceso, o en palabras del Señor de los Talantes, la burda comparación entre ser católico y carca. Estos planteamientos, servidos en brillantes artículos en distintos periódicos, ilustres voces en algunas radios, emotivas películas, vibrantes canciones-, se basan en una mezcla de mentiras y medias verdades, aderezado con grandes dosis de calculado silencio sobre la realidad de la Iglesia y su labor social y espiritual. A todo ello se une la repetición sistemática de las consignas antirreligiosas con lo que se consigue un efecto multiplicador del mal que pretenden estos luchadores de la libertad. En palabras de un periodista, (si mi memoria no falla, Sánchez Cámara), el progresismo talibán, no pierde ocasión para emprender su particular cruzada contra la religión. Les basta como mesa de manipulaciones para lanzar sus mensajes anti-religión, sucesos ajenos a la dimensión real de ésta: muestra de ello fue el atentado del 11 de septiembre. A partir de una manipulación burda del fondo, elaboraron una superficial teoría según la cual, toda religión, especialmente las monoteístas, guardan en la recámara un poso de fanatismo, que llevado al extremo, es el origen de los males del mundo, de las guerras, de las injusticias sociales. Igualmente el descubrimiento de algunos casos de pederastia en EEUU dan carta de naturaleza a una infumable teoría anticatólica. (Nada sin embargo se derrumba cuando son otros los pederastas). Multiplicada esta teoría en el cine, en la televisión, en las radios, los ataques a los católicos y a su Iglesia son diarios y numerosos.
Aquellos teóricos del anticatolicismo, líderes de los más rancios prejuicios religiosos, tienen en España numerosos adeptos. Los nuestros son hijos espirituales de los asesinos aciagos del treinta y tantos español y con el tiempo y muchísimo dinero, han conseguido que la sociedad española, incluso los propios católicos, pongan en tela de juicio, cuando no niegan directamente, la autoridad de la Iglesia para conducir a su rebaño por la senda que legítimamente quieran marcar. De forma que hoy en día decirse católico es un trauma, confesarse apostólico, un pecado social, y si además se declara la romanidad son torturados en las modernas máquinas mediáticas que esta Inquisición del siglo XXI tiene preparados para quienes no acaten sus dictados relativistas, para quienes no comulguen, por lo civil, con este mensaje ultramoderno de Dios no existe, luego todo vale. Este planteamiento universal, conduce en las conciencias sociales, a que la religión sea la derrotada en la lucha entre fe y razón, entre el Dios-Hombre y la ciencia como único dios. Esa es su victoria, la victoria de los que hacen de la libertad de expresión un campo vetado a la Religión en su conjunto y muy particularmente a la religión Católica.
Recientemente Ramírez de Haro ahondó de forma soez y miserable en el insulto y en tópicos varios. Fue defendido a capa y espada por los voceros de siempre, los que luego no permiten otra voz que la suya. Ya saben el resto: se aprovecha la situación por algunos medios de comunicación y se mete el dedo en la llaga de esa supuesta (por ellos) intolerancia católica, cuando éstos defienden el evidente derecho a ser respetados. Ser católico en el siglo XXI es tan difícil como lo fue en los primeros siglos del cristianismo. La persecución es la misma, si bien se aplican métodos más modernos. Acaso, es más difícil enfrentarse con la palabra o con los hechos, porque todo cuanto la religión católica realiza en beneficio del bien común, es ocultado por la espesa manta del laicismo o del ateísmo militante. Está permitido, y premiado, ofender a un religioso o religiosa, insinuar que mantiene relaciones con niños, que se lleva el dinero del cepillo, que utiliza su autoridad para influir conciencias, incluso, eres el colmo de la progresía si denuncias los abusos económicos de la todopoderosa Iglesia. Lo contrario, para ellos, significa ser fascista, antiguo, o simplemente imbécil: defenderlos, o acusar de fanáticos, integristas, liberticidas, manipuladores, mentirosos, a quienes abusivamente denigran a la Religión Católica, a los católicos y sus manifestaciones. ¿Entenderá alguna vez esta progresía totalitaria que nos ha tocado en mala suerte, el significado de las palabras respeto y libertad de culto?
¿Si de una vez por todas dijéramos basta ya al insulto, a la mentira, a la manipulación, a la nueva confesionalidad laicista que pretende Zapatero y demás compañía rancia para el Estado, ¿no sería imponente la capacidad de presión católica? Se me ocurre un experimento: si los católicos españoles dejáramos de consumir los productos que soportan y aúpan la hediondez del programa de Sardá, (como ejemplo paradigmático de heces hertzianas), y sus burlas constantes a la Religión Católica, y no sólo eso, si durante un tiempo, como protesta pacífica, no consumiéramos telebasura, para empezar, ¿no conseguiríamos algo? No somos conscientes de la fuerza huracanada de una protesta católica pacífica y civilizada. Dejémonos de monsergas progres: Católicos del mundo, ¡uníos!.
Acostumbrados los católicos a resistir sin defensa los ataques continuos a la Iglesia, a su historia y a sus miembros, no extraña la campaña inquebrantable de los medios de comunicación encaminada a identificar, entre otras sutilezas, la locura del islamismo radical, o la intolerancia propiamente católica con la raíz de fanatismo que, según su particular teoría, todas las religiones encierran. No extraña por tanto tampoco el sutil paralelismo de este Gobierno combativamente laicista, entre Iglesia y retroceso, o en palabras del Señor de los Talantes, la burda comparación entre ser católico y carca. Estos planteamientos, servidos en brillantes artículos en distintos periódicos, ilustres voces en algunas radios, emotivas películas, vibrantes canciones-, se basan en una mezcla de mentiras y medias verdades, aderezado con grandes dosis de calculado silencio sobre la realidad de la Iglesia y su labor social y espiritual. A todo ello se une la repetición sistemática de las consignas antirreligiosas con lo que se consigue un efecto multiplicador del mal que pretenden estos luchadores de la libertad. En palabras de un periodista, (si mi memoria no falla, Sánchez Cámara), el progresismo talibán, no pierde ocasión para emprender su particular cruzada contra la religión. Les basta como mesa de manipulaciones para lanzar sus mensajes anti-religión, sucesos ajenos a la dimensión real de ésta: muestra de ello fue el atentado del 11 de septiembre. A partir de una manipulación burda del fondo, elaboraron una superficial teoría según la cual, toda religión, especialmente las monoteístas, guardan en la recámara un poso de fanatismo, que llevado al extremo, es el origen de los males del mundo, de las guerras, de las injusticias sociales. Igualmente el descubrimiento de algunos casos de pederastia en EEUU dan carta de naturaleza a una infumable teoría anticatólica. (Nada sin embargo se derrumba cuando son otros los pederastas). Multiplicada esta teoría en el cine, en la televisión, en las radios, los ataques a los católicos y a su Iglesia son diarios y numerosos.
Aquellos teóricos del anticatolicismo, líderes de los más rancios prejuicios religiosos, tienen en España numerosos adeptos. Los nuestros son hijos espirituales de los asesinos aciagos del treinta y tantos español y con el tiempo y muchísimo dinero, han conseguido que la sociedad española, incluso los propios católicos, pongan en tela de juicio, cuando no niegan directamente, la autoridad de la Iglesia para conducir a su rebaño por la senda que legítimamente quieran marcar. De forma que hoy en día decirse católico es un trauma, confesarse apostólico, un pecado social, y si además se declara la romanidad son torturados en las modernas máquinas mediáticas que esta Inquisición del siglo XXI tiene preparados para quienes no acaten sus dictados relativistas, para quienes no comulguen, por lo civil, con este mensaje ultramoderno de Dios no existe, luego todo vale. Este planteamiento universal, conduce en las conciencias sociales, a que la religión sea la derrotada en la lucha entre fe y razón, entre el Dios-Hombre y la ciencia como único dios. Esa es su victoria, la victoria de los que hacen de la libertad de expresión un campo vetado a la Religión en su conjunto y muy particularmente a la religión Católica.
Recientemente Ramírez de Haro ahondó de forma soez y miserable en el insulto y en tópicos varios. Fue defendido a capa y espada por los voceros de siempre, los que luego no permiten otra voz que la suya. Ya saben el resto: se aprovecha la situación por algunos medios de comunicación y se mete el dedo en la llaga de esa supuesta (por ellos) intolerancia católica, cuando éstos defienden el evidente derecho a ser respetados. Ser católico en el siglo XXI es tan difícil como lo fue en los primeros siglos del cristianismo. La persecución es la misma, si bien se aplican métodos más modernos. Acaso, es más difícil enfrentarse con la palabra o con los hechos, porque todo cuanto la religión católica realiza en beneficio del bien común, es ocultado por la espesa manta del laicismo o del ateísmo militante. Está permitido, y premiado, ofender a un religioso o religiosa, insinuar que mantiene relaciones con niños, que se lleva el dinero del cepillo, que utiliza su autoridad para influir conciencias, incluso, eres el colmo de la progresía si denuncias los abusos económicos de la todopoderosa Iglesia. Lo contrario, para ellos, significa ser fascista, antiguo, o simplemente imbécil: defenderlos, o acusar de fanáticos, integristas, liberticidas, manipuladores, mentirosos, a quienes abusivamente denigran a la Religión Católica, a los católicos y sus manifestaciones. ¿Entenderá alguna vez esta progresía totalitaria que nos ha tocado en mala suerte, el significado de las palabras respeto y libertad de culto?
¿Si de una vez por todas dijéramos basta ya al insulto, a la mentira, a la manipulación, a la nueva confesionalidad laicista que pretende Zapatero y demás compañía rancia para el Estado, ¿no sería imponente la capacidad de presión católica? Se me ocurre un experimento: si los católicos españoles dejáramos de consumir los productos que soportan y aúpan la hediondez del programa de Sardá, (como ejemplo paradigmático de heces hertzianas), y sus burlas constantes a la Religión Católica, y no sólo eso, si durante un tiempo, como protesta pacífica, no consumiéramos telebasura, para empezar, ¿no conseguiríamos algo? No somos conscientes de la fuerza huracanada de una protesta católica pacífica y civilizada. Dejémonos de monsergas progres: Católicos del mundo, ¡uníos!.