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ZIEGLER SÍ, NORBERG NO. Informe Semanal (TVE) y la mentira.

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Hace un año las Juventudes Liberales promovieron una recogida de firmas para solicitar la emisión en Documentos TV del clarificador documental de Johan Norberg Globalisation is good, donde el economista sueco analiza por qué la miseria en el Tercer Mundo no es consecuencia de la globalización, sino de la falta de ella: sólo el capitalismo puede erradicar el hambre.

Por supuesto, el documental de Norberg nunca se emitió en Televisión Española. Ya se sabe que, desde su misma creación, las televisiones públicas han estado destinadas a manipular y aborregar al pueblo en beneficio del estatismo; mucho pedir habría sido que difundieran algunas verdades económicas fundamentales y permitieran a los españoles saber por qué su Gobierno (PSOE), merced a la misericordia plañidera, les roba su dinero para empobrecer aún más a África.

En cambio, nada impidió que, hace dos semanas, Informe Semanal (TVE) emitiera un infame, tergiversador y obsceno reportaje, titulado Las causas del hambre, en el que Jean Ziegler, conocido activista antiglobalización, intenta relacionar la pobreza en el mundo con el libre mercado.

El video se divide en cinco secciones cortas, tituladas igual que los siguientes apartados.

Un crimen absurdo

Ziegler comienza contándonos que cada día 100.000 personas mueren de hambre en el mundo mientras que el Informe Mundial de la FAO asegura que la agricultura moderna puede alimentar con holgura una población de hasta 12.000 millones de personas. Dado que, aun así, la gente muere de hambre, para Ziegler cada muerte es equiparable a un asesinato.

La conclusión parece evidente: hay que dirigir y controlar la agricultura mundial para que produzca más alimentos, y redistribuirlos equitativamente entre todos los individuos.

El problema es que, allí donde se ha aplicado, el socialismo agrícola, lejos de acabar con el hambre, multiplicó los muertos por desnutrición. La colectivización de las tierras en Ucrania mató entre cinco y ocho millones de personas; en la China maoísta del Gran Salto Adelante murieron casi 40 millones; en la Etiopía de Mengistu más de un millón.

Cuando el Estado pretende controlar la producción sólo genera carestía y una mala asignación de recursos. La cuestión no es "cómo nacionalizamos la producción de alimentos", sino "por qué los africanos no pueden comprar o producir alimentos por sí mismos". Y la respuesta, como ya analizamos, es muy sencilla: porque los gobiernos socialistas africanos no respetan la propiedad privada de los individuos.

Si los africanos pudieran producir, ahorrar e invertir sin que sus políticos los oprimieran, explotaran, expoliaran o arrasaran, no tendrían dificultad alguna para adquirir los alimentos que requieren para subsistir; sólo el intervencionismo empobrecedor y asfixiante explica la situación de parálisis absoluta en que viven tantos africanos.

La mentira neoliberal

Obviamente, Ziegler no está de acuerdo en nuestra última afirmación y prefiere culpar al neoliberalismo y al "gran capital internacional" de la pobreza africana. Según el reportaje, existen "ideologías mentirosas pero muy poderosas, como el neoliberalismo (…), que supone la legitimación del gran capital financiero internacional". Para Ziegler, los neoliberales defienden que la economía debe funcionar sin intervención alguna, a pesar de la pobreza que genera entre muchos pueblos, los cuales, en caso de ser improductivos, deben ser excluidos de la historia y morir.

En realidad, la construcción de ideologías mentirosas a que alude Ziegler arropa sus propias palabras: difunde una imagen falsa del liberalismo para implantar el socialismo asesino.

Desde luego, si de algo carece África es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo, como los alimentos; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, nadie en su sano juicio invertirá en el territorio que maneja.

De ahí que ningún economista liberal sostenga que la pobreza de África se deba a su "improductividad natural", sino a la impuesta por el intervencionismo económico de sus gobiernos, que Ziegler sólo pretende expandir aún más.

La Bolsa, culpable

En esta parte, Ziegler trata de explicar que el precio de los alimentos se "fija" en la Bolsa de Chicago de acuerdo con "los criterios del capitalismo financiero". Los países pobres dependen, así, de esta cuasimística fijación de precios: "La gente muere de hambre por culpa de las cotizaciones bursátiles, por eso los precios de la alimentación deberían negociarse contractualmente por los estados". Para Ziegler, "la Bolsa no puede fijar el precio de los alimentos", pues "no son una mercancía como cualquier otra".

Lo primero que debemos recordar es que los precios no los "fija" nadie en el mercado, sino que son el resultado de las interacciones de los agentes. El capitalismo no es una versión privatizada del socialismo, donde el Comité de Planificación imponía unos precios que sólo el propio Comité, de manera unilateral y arbitraria, podía revisar. En el libre mercado, los empresarios capaces de ofrecer a los consumidores los precios más bajos o los productos de mayor calidad son los que triunfan.

El problema, no obstante, sigue siendo el de siempre. No son los países (los estados) los que tienen que alimentar a su población, arrebatándoles su riqueza para luego comprar alimentos en los mercados internacionales. Cada individuo debe ser responsable, con su propio dinero, de proveerse su sustento.

La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. Aun cuando Ziegler lo niegue, la producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en África.

En este contexto de total dependencia, resulta casi imposible que emerja una clase empresarial capaz de generar riqueza y de desarrollarse.

El nuevo feudalismo

Ziegler nos informa de que las 500 multinacionales más grandes del mundo controlaron en 2005 el 54% de la producción mundial, lo cual, en su opinión, constituye un flagrante "monopolio sobre la riqueza" que asesina a los africanos, al no preocuparse por la redistribución y obsesionarse con la búsqueda de beneficios. Las multinacionales son "las principales responsables" del hambre en el mundo.

De nuevo, Ziegler tergiversa de manera grotesca. Las multinacionales no "controlan" el 54% de la producción mundial, más bien la han "creado". La alternativa no es que ese 54% pase a manos de los gobiernos, sino que deje de existir.

Las multinacionales se han apropiado de unos bienes que antes no existían y, por tanto, no han perjudicado a nadie. No pueden ser las responsables del hambre porque no han quitado nada a nadie, sino que han generado ex novo. La nacionalización no supondría una transferencia de riqueza, sino su destrucción.

Las empresas pueden generar esa riqueza que favorece a sus trabajadores, accionistas y consumidores, precisamente, porque tratan de incrementar sus beneficios. Si no persiguieran incrementar sus ganancias, simplemente se estarían suicidando; sería equivalente a pedir a un agricultor que plantara semillas muertas o que quemara su cosecha.

Si las multinacionales renunciaran a los beneficios, todo el capital occidental perdería su valor y se consumiría. La base de nuestro crecimiento y bienestar desaparecería. La propuesta de Ziegler no permitiría que África alcanzara a Occidente en riqueza, pero sí que Occidente se equiparara con África en miseria.

La ayuda no basta

Por último, Ziegler trata de adoctrinarnos sobre los beneficios del socialismo. Dado que el fracaso de la ayuda pública internacional en lograr el desarrollo de África es patente, va más allá y pide utilizar la riqueza del mundo para construir las infraestructuras que necesitan los africanos. La ayuda internacional no basta, hace falta un paso más hacia el comunismo.

En realidad, no se trata de que la ayuda internacional no baste, sino de que sobra. Las transferencias estatales sólo sirven para consolidar y ampliar el poder de los sátrapas políticos que oprimen a los africanos y socavan su propiedad privada. Con las ayudas sólo lanzamos más gasolina al fuego de la pobreza.

Los efectos nocivos de la propuesta de Ziegler van más allá. Si los políticos son quienes deciden qué proyectos deben emprenderse o qué productos deben fabricarse, también deberán establecer dónde debe trabajar cada persona, cuánto debe cobrar o a qué precio deben venderse los productos. Además, dado que los recursos son escasos, también deberán fijar qué proyectos no deben emprenderse y qué productos no deben fabricarse.

En otras palabras, Ziegler somete a todas las personas al arbitrio de los políticos: los individuos pierden su capacidad para ejercer la función empresarial, crear riqueza y satisfacer sus necesidades. Y dado que el Gobierno sigue controlando la economía y que se ha quedado sin riquezas que expoliar y redistribuir, la miseria se extiende y se perpetúa.

El socialismo no sólo es un monumental fracaso, es el paradigma del crimen y la maldad. Su mentira sirve para justificar el cercenamiento de la libertad, la pobreza permanente y los asesinatos más atroces.

Algunos, como Ziegler, no han sido capaces de asumir la caída del Muro y siguen mintiendo y manipulando a la población con sus infectas proclamas. Lo lamentable del asunto es que la televisión pública de España, financiada con el dinero robado a los ciudadanos, se preste a difundir semejante vertedero ideológico.

Al igual que en el caso de los negacionistas del Holocausto, estos apologistas de la burocracia y del absolutismo no han cometido ningún delito, pero ello no hace su actitud moralmente intachable. No.

Hay que señalar con contundencia a esta tropa de sinvergüenzas bien alimentados que utiliza nuestro dinero para difundir un mensaje esclavizante que a su vez sirve para mantener a los africanos en la miseria.

Ziegler y los redactores de Informe Semanal no son más que los mamporreros del estatismo, los aliados de los bandidos, represores y criminales que controlan la vida de millones de africanos hasta el punto de matarlos de hambre.
28/06/2006 19:03. rambo1944 Enlace. Internacional

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En los momentos más crudos de la hambruna, morían unas 25.000 personas cada día en Ucrania. El recuento final se sitúa entre los cinco y los ocho millones de personas. Cuando los familiares extranjeros de los ucranianos, en Occidente, respondieron enviando cargamentos de comida, los oficiales soviéticos reaccionaron requisando esa ayuda. Los gobiernos occidentales ignoraron durante mucho tiempo los informes sobre las hambrunas que periódicamente se escapaban al Estado de terror soviético. Franklin Delano Roosevelt reconoció formalmente al gobierno de Stalin en 1933, y la Unión Soviética fue reconocida en la Sociedad de Naciones en 1934.

Los kulaks no tienen un museo, mucho menos un memorial. Hoy, nosotros les recordamos.

Fecha: 28/06/2006 19:08.


Fernando Díaz Villanueva

Mengistu, la sangrienta vía etíope al socialismo.

Introducción

Uno de los lugares comunes, habituales y más trillados por los que transita la opinión pública mundial es aquel que identifica el subdesarrollo del Tercer Mundo con la imposición, a la fuerza, del capitalismo al modo y manera de occidente. Tanto ha calado la idea que no es sorprendente encontrar de continuo gente corriente y sesudos analistas que achacan al libre mercado la ruina, el hambre y todas las calamidades que padecen los países de Asia, Sudamérica y especialmente de África. Los casos asiático y americano, con Corea del Norte y Cuba como punta de lanza, parece que van poco a poco desmitificando la idea bastarda de una conjura occidental contra los intereses, y aun la vida, de coreanos, vietnamitas, camboyanos y americanos hispano y luso parlantes. En África sin embargo la fábula mantiene su vigencia inalterable. En televisión, en prensa, en Internet me atrevería a decir, la dramática imagen del niño con el vientre hinchado viene indefectiblemente acompañada de referencias a las grandes fortunas del planeta, a los índices siempre crecientes de la bolsa neoyorquina o, simplemente y con ganas de involucrarnos a todos, a la insinuación velada que nuestro bienestar descansa sobre su malestar. En pocas palabras; si disfrutamos aquí de una casa confortable, tres comidas al día y vacaciones pagadas es porque allí sufren lo indecible. Nuestro mediano pasar como ciudadanos de un país desarrollado es pues fruto de un robo, de un atraco a mano armada a costa de aquellos que tuvieron la mala fortuna de nacer al sur de Tarifa.

En esta peculiar teoría del saqueo que tantos éxitos ha cosechado para sus mentores intelectuales rara vez o nunca se recuerda al gran público, esa masa televidente que paga impuestos, vota cada cuatro años y aguanta sin rechistar como le llaman ladrón en la cara cuando decide instalar un aparato de aire acondicionado en casa, que una parte considerable de la miseria del mal llamado Tercer Mundo es responsabilidad directa de infructuosos intentos de implantar el comunismo. De llevar esa doctrina redentora a los pueblos recién emancipados del yugo colonial y de la bota del europeo impío. Casos para ejemplificar hay, como reza el dicho popular, más que longanizas, y se extienden por todo el orbe. De la populosa Indochina a las junglas nicaragüenses, de los páramos helados de Afganistán a los tórridos desiertos africanos del valle del Rif. La tarea siempre inconclusa de liberación ha cubierto los últimos cuarenta años de nuestra historia reciente, y con frecuencia cuando se proponen recetas irresponsables para acabar con la sequía de acá o la hambruna de acullá los teóricos del saqueo establecen un programa en dos fases. La primera ocultar el fracaso de anteriores planificaciones forzosas y salvamentos colectivos con la hoz y el martillo de enseña. La segunda valerse de la desventura presente para prometer la abundancia futura, copiando punto por punto la fórmula magistral que llevó en tiempos pasados a la ruina sin paliativos del pueblo tocado por la varita mágica del socialismo tropical.

Uno de los episodios más desconocidos, ocultos y mortíferos es el del experimento socialista en las milenarias tierras de Etiopía. Para los que como el que suscribe echamos los dientes delante del televisor en los años ochenta es un recuerdo poderoso aquel de los campamentos de muerte en la lejana Abisinia, que por supuesto no sabíamos donde estaba pero cuya doliente realidad entraba en nuestros ojos a modo de cuchillos afilados. En cierta manera, para los que lo vivimos desde el sofá la desdicha de aquella gente de piel quemada por el sol y reseca por las privaciones esa y no otra es nuestra particular e intransferible imagen del hambre. La razones ni las comprendimos entonces ni, quizá, quisimos hacerlo después. El hecho es que desde los Estados Unidos se puso en marcha una campaña global de ayuda a los hambrientos etíopes. USA for Africa creo recordar que se llamaba. Organizaron un gran concierto, ¿en Wembley? que contó con el concurso de artistas de postín. El logotipo era una guitarra negra con la caja de resonancia transmutada en el mapa del continente africano. Un tal Bob Geldof del que nunca más se supo fue el maestro de ceremonias. A veces he pensado que a este hombre lo sacaron de un armario para la ocasión y al terminar volvieron a encerrarlo. Aparte de Geldof el espectáculo se aliñó con cantantes más o menos conocidos, algunos de verdadero éxito en aquella época, como aquel que tras contribuir a que los niños de Etiopía comiesen le dio por acostarse con los de California. Cosas del estrellato rockero. La campaña, y en especial el concierto, cosecharon tal éxito que la causa etiope obtuvo un predicamento sin precedentes. A las imágenes que retransmitía el telediario le sucedían los análisis y los artículos de una prensa que todavía no leíamos en los que siempre e irremediablemente la culpa de la hambruna pasaba por la puerta de nuestra casa. Si ellos estaban así es porque la riqueza andaba muy mal repartida por el mundo. No se hacía ya referencia a los tahúres del casino de Montecarlo ni a los magnates del acero como acaparadores de capital. Éramos nosotros los responsables directos de que nuestros congéneres de la baja Eritrea las pasasen canutas. Todavía estoy recordando las recriminaciones de mi madre cuando no quería comer lo que tocaba.

– Hijo come que hay mucha hambre en el mundo. ¿No has visto en la tele a esos pobres negritos?

Y claro, ante argumento de tal peso yo comía, callaba y me hacía cruces por ser tan afortunado y por haber nacido en el lado de los saqueadores y no de los saqueados.

Lo que no me contaba mi madre, seguramente porque no lo sabía, y lo que no decían en el telediario, seguramente porque no querían, es que esa Etiopía de entonces, de aquel orweliano año de 1984, era el fruto, el resultado último de una trágica experiencia que había transformado en el lapso de 10 años al otrora desafiante y orgulloso Imperio Etíope en una nación desvencijada e insolvente que sacrificaba sin miramientos el capital más valioso, su propia gente, en el altar del marxismo al africano modo.

Etiopía, la nación más antigua al sur del Sahara, la única junto con Liberia que se había mantenido al margen de la colonización, la única que había derrotado en el campo de batalla a un ejército europeo, la única, en suma, que a pesar de los vaivenes de la política africana mantenía cierto prestigio internacional. Esa misma Etiopía madre nutricia de la emancipación africana, merecedora de halagos, de conferencias y congresos en su capital Addis Abeba, padeció en un tiempo no tan lejano una revolución socialista desde los cuarteles que si no fuese por el rastro de muertes que dejó a su paso casi ni nos acordaríamos de ella. Los ingredientes de semejante dislate político que costó la vida a cientos de miles de personas nos son relativamente familiares. La Unión Soviética y su estrategia premeditada de convertir al mundo en un inmenso gulag, la Cuba de Castro y sus estúpidos anhelos de grandeza y el componente local, el añadido de la tierra que en Etiopía se aplicó con denuedo al papel que la historia le había adjudicado.


El asalto al poder

Menudo, de piel oscura, rasgos marcados y una ambición de poder desmedida, casi enfermiza. Así fue y debe seguir siendo en su dorado destierro en Zimbabwe Hailé Mengistu Mariam. A principios del mes de septiembre de 1974 una larga etapa de la historia de Etiopía se cerraba. El Negus, el rey de reyes, el mismo que había clamado en la Sociedad de Naciones cuatro décadas antes contra la invasión italiana, era depuesto en Addis Abeba. La gallarda institución que había construido la moderna nación etiope y batallado contra el imperialismo fascista en 1935, que había humillado a occidente en el campo de batalla y que se vanagloriaba de haber dejado Etiopía fuera de la garra colonialista europea estaba ya en los años 70 completamente desgastada. Por dentro y por fuera. En el interior los azotes periódicos de hambre y una modernización frustrada habían puesto al monarca en la cuerda floja en más de una ocasión. Además, y como remate a una situación ya de por si comprometida, el independentismo eritreo reverdecía con la fundación e inicio de hostilidades del revolucionario Frente de Liberación de Eritrea. En el exterior la ambiciones somalíes, convenientemente atizadas por Moscú, sobre el estéril desierto del Ogadén pintaban un panorama desalentador que dejaba la idea imperial abandonada en la cuneta de la historia.

Al frente de la nueva Etiopía alumbrada a fines de 1974 quedaba una comisión interina, el Derg, formada por militares. La labor primordial del Comité, del Derg, era dirimir la senda política por la que Etiopía habría de transitar en el futuro inmediato. La levantisca Eritrea, el hambre, que llevaba ya miles de víctimas a sus espaldas, y el conflicto de Ogadén constituían la agenda casi única de este gobierno provisional atípico compuesto por más de 100 miembros y presidido por el general Aman Andom. Junto a él dos jóvenes capitanes del ejército, Atnafu Abate y Hailé Mengistu. El Derg estaba fuertemente dividido entre los que abogaban por un gobierno fuerte que plantase cara tanto a la secesión eritrea como a la infiltración somalí en Ogadén, y los que optaban por volver a la vía del consenso con Eritrea para centrarse en los problemas reales del país. Andom, de ascendencia eritrea y talante negociador se inclinaba abiertamente por esta segunda opción a fin de ganar recursos y cortar la sangría de dinero y hombres que la guerrilla del norte estaba provocando. La economía etiope estaba paralizada por la guerra, el hambre y un atraso secular. La agricultura, sustento básico de la nación, era tremendamente ineficaz. Estaba en manos de la nobleza allegada al régimen imperial cuyos métodos de producción, reparto de la propiedad y resultados finales eran más propios del feudalismo que de una economía capitalista agraria moderna. Los problemas que afligían a la Etiopía de entonces estaban perfectamente definidos. Tan sólo quedaba por ver, en aquel otoño de 1974, quien era el heredero de la monarquía recién descompuesta. En noviembre, apenas dos meses después de la renuncia del Negus, el general Andom fue asesinado en su domicilio de Addis Abeba. Fue el primero en caer, a Andom le sucederían con la precisión de un reloj suizo las caídas en desgracia, y en la fosa, de otros militares de talla y carrera reconocida y todos pertenecientes al Derg. El nuevo director de operaciones, el timonel que trazase la derrota exacta de la inmensa nave etiope era Mengistu. Tras un breve interregno con el general Teferi Bante al frente de la Comisión, quedó marcado el destino de este capitán recién ascendido, de formación deficiente por no decir nula y de corta estatura, que muy a su pesar trataba sin éxito de solventar con alzas. Un destino que estaba escrito con sangre en las entrañas de la arrugada y sedienta tierra etiope. (continua....

Fecha: 28/06/2006 19:13.




Valga recordar que en aquellos años el régimen cubano se erigió como representante y valedor de la Conferencia de los No Alineados. ¡Valiente defensa de la no alineación que hacía Castro haciendo de grabadora de Moscú! Tanto cubanos como soviéticos se deshacían en elogios a la labor de transformación que Mengistu estaba llevando a cabo en la nueva Etiopía nacida de las cenizas del Imperio. Pero en la tarta del Cuerno de África sólo había espacio para un comensal. O Mogadiscio y las bases navales o Addis Abeba y el control efectivo de la región. Siad Barre las vio venir y cortó amarras con la URSS y Cuba en espera que ese gesto fuese bien considerado en occidente. Craso error. En Europa nadie estaba dispuesto a jugársela por un pedazo de desierto por muy cardinal que fuese para sus intereses petrolíferos. En América la administración Carter hizo mutis por el foro. El timorato presidente de los Estados Unidos empeñado en negociarlo todo propuso una conferencia multilateral para resolver pacíficamente el problema. En Moscú no eran tan bienintencionados. Mengistu era su hombre y apostaron fuerte por él. A cambio el líder etiope hizo los deberes y se aproximó a los deseos de su nuevo amo. Hasta mostró su firme compromiso de convertir Etiopía en una República Popular con todas las de la ley, con partido único sometido a los dictados del gobierno soviético.

Tras una resistencia numantina de los somalíes en el Ogadén desde mediados de 1977. Mengistu tomó la iniciativa. Su buena gestión internacional complementada con su mejor hacer en casa le habían granjeado un apoyo sin precedentes en comparación con otros conflictos africanos de la época. Acompañando al ejército regular etíope entrenado deprisa y corriendo por especialistas cubanos, se alineó un contingente compuesto por 30.000 cubanos enviados desde Angola o recién reclutados en la isla, 4.000 soviéticos y 2.000 búlgaros, húngaros y alemanes del este. Para hacer efectiva la victoria los soviéticos desplazaron hasta el frente carros blindados, cazas Mig-21 y artillería de largo alcance. Hasta un satélite se envió al espacio con el fin de cubrir la operación desde más allá de la atmósfera. Como curiosidad morbosa el militar al mando del numeroso contingente expedicionario cubano fue el general Arnaldo Ochoa, un hijo más del Saturno revolucionario que terminaría con el tiempo siendo devorado por su padre. La guerra del Ogadén fue en extremo sangrienta. Las contiendas del África postcolonial no se han caracterizado desde luego por hacer prisioneros ni por el trato a la población civil víctima de la guerra, pero en el Ogadén se combinaron las mortíferas e inmisericordes artes bélicas africanas con la tecnología soviética del momento. Los bombardeos cubano soviéticos sobre las ciudades del norte de Somalia provocaron el exilio masivo de aproximadamente un millón de personas. Al drama humano de la absurda guerra del Ogadén habría que sumarle los miles de muertos en el campo de batalla. El ejército somalí estaba bien entrenado y armado fruto de los años de colaboración ciega con la URSS. Los somalíes además defendían una comarca que consideraban parte irrenunciable de la Gran Somalia por lo que la entrega de los soldados de Mogadiscio fue en algunos casos ejemplar y siempre suicida. Al final el desatino de la guerra y de los cálculos soviéticos se hizo más patente. Siad Barre no cayó tal y como había previsto la inteligentsia moscovita. Fue un inútil desperdicio de vidas y de recursos para dejar el mapa del Cuerno de África casi como estaba. El único vencedor de la contienda fue Mengistu y su delirio. Ocupó el Ogadén, terminó de consolidarse en el poder y obtuvo una ventaja comparativa sobre otras potencias de la zona que bien explican lo que vendría después.
(continua....

Fecha: 28/06/2006 19:15.


. En el otoño de 1984 cuando los efectos de la sequía combinados con los traslados de población alcanzaban su punto álgido de desesperación y muerte la noticia saltó a occidente. Los medios de comunicación apuntaban machaconamente que la hambruna había sido provocada por una inoportuna sequía combinada con la caída del precio del café en los mercados internacionales. Una vez más el pobre campesino cafetero arruinado por la voracidad y la ceguera asesina de los mercados. Durante días los informativos bombardearon a la opinión pública occidental con imágenes que escandalizaban por su crudeza. Niños literalmente muertos de hambre devorados por los mosquitos, mujeres con los pechos secos intentando en vano alimentar a su bebé muerto, pilas de cadáveres hacinadas en medio de ningún sitio.... Demasiado para la sobremesa. Diez años después de la Revolución Socialista en Etiopía los resultados de la misma se mostraban a un mundo incrédulo con toda la severidad debida a semejante acontecimiento. El Aniversario fue celebrado con pompa por Mengistu y la plana mayor del Partido en Addis Abeba días antes de la emisión de las imágenes. Oropeles, carros de combate, cazas rusos pilotados por cubanos surcando el cielo, embajadas de todo el Pacto de Varsovia y música, mucha música marcial mientras medio país moría de hambre achicharrado en mitad del desierto La reacción occidental fue inmediata. ONG’s, gobiernos, parroquias de barrio y asociaciones de vecinos se volcaron con el drama etíope. Hasta las estrellas de la canción entonaron para el mundo entero su conocido y architarareado We are the world, we are the children.

Cuando en Etiopía se masacró a la oposición en una purga digna de los mejores tiempos del estalinismo nadie hizo nada. Cuando los somalíes de Ogadén capitularon ante la maquinaria bélica cubano-soviética nadie hizo nada. Cuando Eritrea fue masacrada de modo inmisericorde por tropas del gobierno apoyadas por La Habana y Moscú nadie hizo nada. Cuando se comenzó a movilizar forzosamente a la población con objeto de controlarla mejor nadie hizo nada. Cuando se concentró la producción agrícola en Granjas estatales que se valían de mano de obra esclava nadie hizo nada. En 1984 cuando se recogió la cosecha de diez largos años de despropósito, guerra y experimento socialista, occidente al fin hizo algo. Regaló dinero, alimentos y medicinas al causante de todos los males. ¿Cómo premio quizá? El hecho es que millones de dólares en ayuda humanitaria volaron de las bondadosas manos de otros tantos millones de occidentales a las de Mengistu que lo recibió como un agasajo, una donación desinteresada a la que no tardó en dar un nefasto uso. Organizaciones internacionales como Médicos sin Fronteras que no se tragaron el bulo y decidieron no ir a Etiopía fueron declaradas non gratas por el gobierno de Mengistu y vituperadas sin medida en occidente. La administración Reagan que clamó en el desierto al considerar la petición de ayuda cursada por el gobierno etíope como un ardid para captar fondos fue tachada de capitalista infame, de reaccionaria y de enemiga de la humanidad. Vivir para ver y sobrevivir para recordar.

La enseñanza que el mundo entero, en especial los países africanos, obtuvo tras el episodio etíope fue triste. A partir de entonces muchos son los gobiernos africanos que, a imagen y semejanza del de Mengistu, utilizan las desgracias de su pueblo en beneficio propio.
(continua....

Fecha: 28/06/2006 19:16.




Dejando las alucinaciones propias del desarraigo y los crímenes propios del desequilibrio mental a un lado, Mengistu lleva una vida tranquila y relajada en Zimbabwe. En su tiempo libre, que es todo el día, se dedica a leer la Biblia, a escuchar música cristiana y a jugar con su hijo pequeño (¿arrepentido de su pasado?). En occidente, como siempre, nadie hace nada.

Fecha: 28/06/2006 19:19.


Juan Ramón Rallo

Por qué el socialismo empobrece a África.

Analizamos detalladamente cuáles eran las causas de la riqueza. No ha habido sociedad en la historia de la humanidad que no se haya enriquecido siguiendo el camino trazado: división del trabajo y del conocimiento, intercambios voluntarios y acumulación de capital.

A su vez, perfilamos que la globalización abre las posibilidades. La división del trabajo ya no tiene que ajustarse a los estrechos límites de un país como España, sino que la especialización puede realizarse a nivel europeo, incluso mundial, aumentando su eficiencia. Cada individuo, en cualquier parte del mundo, puede producir, tras un análisis empresarial de las necesidades de los consumidores, aquello para lo que está más capacitado, sabiendo que podrá venderlo a las más lejanas sociedades. Por último, el capital puede invertirse por todo el orbe de una manera más adecuada en atención a su productividad y a los costes asociados.

En este sentido, por ejemplo, si una guerra devastara toda la riqueza alemana, la recuperación económica sería rápida. Los alemanes estarían forzados al principio a aceptar bajos salarios, ya que sus bienes de capital habrían desaparecido y, por tanto, su productividad sería baja (unos salarios más elevados que la productividad significarían que el empresario está pagando más de lo que espera obtener vendiendo el producto). Estos bajos salarios permitirían a los empresarios españoles producir en Alemania lo mismo que en España, pero a un menor coste. Es más, podrían producir en Alemania y seguir vendiendo la producción a sociedades ricas como España o Reino Unido.

Por tanto, la inversión extranjera en bienes de capital empezaría a reconstruir todo el equipo productivo alemán que había sido destruido con la guerra, y ello, a su vez, provocaría un incremento de los salarios. De esta manera, la situación de pobreza postbélica sería rápidamente revertida. Alemania volvería a ser una sociedad rica, gracias a la globalización. Algo similar, de hecho, ocurrió tras la II Guerra Mundial.

Con todo, muchos han sido los intentos por hacernos creer que el Plan Marshall salvó a Europa de la miseria. Hong Kong, por ejemplo, era por aquel entonces una ciudad paupérrima, y no recibió ningún tipo de Plan Marshall; hoy, gracias a sus libres mercados, interiores y exteriores, es la región más rica y libre del mundo. Fueron, pues, las inversiones empresariales las que reconstruyeron la riqueza Europea, no los planes de algunos políticos iluminados.

Ahora bien, si todo esto es así, ¿por qué África sigue siendo pobre?

Propiedad privada y estabilidad institucional

En el anterior artículo aseguramos que no puede haber riqueza sin propiedad privada. Si yo no soy propietario de una trozo tierra, no podré incorporarlo a mis planes como medio hacia mis fines y, por tanto, no podré considerarlo riqueza. La propiedad común hace imposible que el individuo satisfaga sus fines y, especialmente, dificulta la consecución de fines muy lejanos.

La ausencia de seguridad jurídica sobre la posibilidad de retener los bienes, así como sus rendimientos, crea un perverso incentivo cortoplacista a saquear las propiedades comunes. Lo que es del común es del ningún, reza el refranero español. En teoría económica, a este fenómeno se lo conoce como "Tragedia de los Comunes", expresión acuñada por Garrett Hardin.

La explicación no puede ser más simple. Sin seguridad jurídica yo no puedo incluir un bien en mis planes a largo plazo, pues ignoro si tal bien habrá sido ya usado por otra persona con anterioridad. Es más, en realidad sólo podré dar algún uso a ese bien si lo utilizo antes que los demás, si lo empleo para planes muy inmediatos (ya que, en caso contrario, serán otros quienes lo empleen). Así, se produce una carrera entre los potenciales usuarios para ver quién esquilma antes el bien, es decir, quién lo integra antes en sus planes.

El resultado es la progresiva degradación de la "riqueza natural", que no llegará a convertirse jamás en "riqueza humana". No sólo eso: nadie estará dispuesto a invertir en capital si no tiene la seguridad de que podrá rentabilizarlo.

En África la gran mayoría de las tierras son comunales. Nadie acepta sacrificar su riqueza presente en unas tierras cuyos rendimientos revertirán sobre otras personas que no han invertido. La tendencia, por tanto, es a limitar al máximo el esfuerzo laboral propio para consumir los bienes obtenidos por los compañeros de trabajo. Si el reparto de frutos no depende del esfuerzo individual sino del resultado común, ¿puede esperarse otra cosa que el parasitismo?

Pero esto, a su vez, incide sobre los otros dos medios a través de los que se genera la riqueza: la división del trabajo y la acumulación de capital.

Como hemos dicho, ningún africano emprenderá proyectos empresariales de muy lejano alcance por la enorme inseguridad jurídica que rodea la retención de los medios necesarios para acometerlos. La división del trabajo es un proyecto empresarial de largo alcance; aun en su forma más simple, cada persona deberá esperar a que otros adquieran sus productos para poder consumir aquello que realmente desea. Hay que producir, intercambiar lo producido por dinero y luego comprar el bien deseado.

Sin derechos de propiedad bien definidos, el individuo ignora si podrá completar el proceso: bien podría perder la propiedad de sus mercancías o la del dinero obtenido. Por ello, cada persona tratará de proveerse de aquello que necesita directamente; no pretenderá especializarse en satisfacer las necesidades ajenas. Retrocedemos, así, a una economía de subsistencia donde la división social del trabajo y del conocimiento ha desaparecido.

De la misma manera, la ausencia de instituciones estables que garanticen el derecho de propiedad (las frecuentes guerras civiles, las férreas dictaduras y las recurrentes expropiaciones nacionalizadoras) desalientan tanto a los propios africanos como a los occidentales de invertir allí su riqueza en forma de capital. Recordemos que la inversión en capital supone sacrificar riqueza presente para obtener una renta futura que compense el sacrificio actual. La ausencia de propiedad, pues, no sólo vuelve incierta la propiedad sobre ese conjunto de rentas futuras, sino sobre la inversión de capital que da lugar a las mismas.

Sin derechos de propiedad la riqueza se esfuma, la división de trabajo se resquebraja y el capital desaparece en cuanto a tal.
(continua.....

Fecha: 28/06/2006 19:23.


Juan Ramón Rallo

El proteccionismo occidental

La responsabilidad de los africanos, y especialmente de sus políticos, es manifiesta. La ausencia de instituciones y el fomento de dictaduras anticapitalistas es la razón de fondo de la pobreza en África. Sin embargo, la inexistencia de dichas instituciones no significa que no puedan aparecer y formarse. La inversión occidental, por ejemplo, promovería el respeto por la propiedad privada, el esfuerzo individual y la iniciativa empresarial. Los africanos empezarían a imitar y copiar las provechosas conductas occidentales, aprendiendo a aumentar su propio bienestar sin atacar el de los demás.

El problema es que los africanos se han convertido en víctimas del proteccionismo occidental. En el primer artículo dijimos que el progreso económico necesitaba de libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales, esto es, de globalización. Pues bien, a pesar de que la izquierda no deje de repetir lo contrario, la globalización se encuentra en un estadio extraordinariamente primitivo.

Los aranceles europeos y norteamericanos están matando a África (no en vano, en las pasadas elecciones europeas Coalición Liberal utilizó el contundente slogan de "La PAC mata"). No se trata, solamente, de que el proteccionismo impide a los africanos vender sus productos en los mercados occidentales a precios más elevados de los que podrían obtener en los mercados locales: el perjuicio de los aranceles va mucho más allá.

Dado que los empresarios occidentales saben que, en caso de trasladar sus plantas a África, no van a poder vender sus productos en Europa, los incentivos a la inversión occidental en África desaparecen. En otras palabras, si el empresario tiene la ventaja de producir barato en África y se ve constreñido a vender barato "en África", la razón para invertir en una zona inestable e insegura, con márgenes de beneficio similares a los occidentales, es escasa.

Así, las sociedades africanas no pueden recurrir al ahorro occidental para financiar sus estructuras de capital; al no existir libre comercio, la libertad de movimientos de capital se marchita.

Y sin ella difícilmente podrá África prosperar a corto plazo. Por un lado, porque las empresas occidentales no ejercerán su necesaria función de liderazgo, generando de manera espontánea las instituciones y comportamientos pautados previamente descritos. Por otro, porque sin el capital occidental, como ya dijimos, los africanos son incapaces de explotar su inmensa "riqueza natural". La izquierda puede frotarse las manos ante los sustanciosos recursos naturales africanos, pero sin el capital occidental son del todo accesorios e inútiles.

Pero, finalmente, y sobre todo, porque los africanos no tienen capacidad para acumular a corto plazo el ahorro necesario como para emprender inversiones en capital. Europa necesitó varios siglos para obtenerlo; a Asia, en cambio, le han bastado unas pocas décadas, gracias al excedente de ahorro occidental. África debería seguir el mismo camino, si los políticos, europeos y africanos, no distorsionaran la libertad empresarial.

Además, si recordamos las conclusiones del artículo anterior, no nos será difícil comprender algunas de las consecuencias de la política arancelaria. Dijimos que había dos opciones para conseguir aumentar el nivel de vida de los africanos: o bien los empresarios occidentales invertían en África, donde los salarios son bajos, para vender sus productos en Europa, o bien los africanos acuden allí donde los salarios son elevados.

Ante la imposibilidad de la primera opción, la segunda vía de escape aparece como el único camino. No es extraño, pues, que Europa, ante sus irresponsables aranceles, esté padeciendo enormes oleadas de inmigración. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma. Si el capital no puede acudir allí donde el salario es barato, el trabajo acudirá allí donde el salario es alto.

En el caso de que los políticos europeos quisieran realmente reducir la creciente inmigración que padece Europa, nada hay más urgente que eliminar los gravosos aranceles comunitarios. No ya sólo porque empobrezcan a los africanos, sino porque hacen lo propio con los consumidores europeos, forzados a pagar un precio superior al que hubieran desembolsado sin arancel.

Vemos, pues, cómo el ataque al libre comercio repercute necesariamente sobre el movimiento de capitales y la división social del trabajo. Ninguna restricción de las libertades es inocua, todas provocan una serie de acontecimientos sociales, a cada cual más nocivo: y es que los problemas de la inmigración en occidente se ven, a su vez, agravados por otra serie de políticas intervencionistas.

Para terminar con la pobreza y la inmigración descontrolada debemos reestablecer el libre comercio que caracterizó al siglo XIX, el de mayor expansión económica de la historia. Sólo así los empresarios occidentales decidirán invertir en África, facilitando la emergencia del respeto a la propiedad privada y de una clase empresarial nativa que liderará en el futuro el desarrollo de sus sociedades. El libre comercio, además, permitirá a los africanos acumular sus propios ahorros, lo que a su vez dará lugar a una clase capitalista africana.

Ninguna de estas propuestas ha sido planteada por el Live 8 y el G-8. En su lugar, hemos escuchado propuestas tan pintorescas como la Tasa Tobin, la condonación de la deuda externa, la escolarización obligatoria de la población y, sobre todo, la ayuda externa estatal a través del 0’7%. ¿Tienen estas propuestas algún viso de viabilidad o simplemente acrecentarán el problema original de la pobreza? (FIN)

Fecha: 28/06/2006 19:25.


Jose Maria Marco

¿De dónde vienen los progresistas españoles?

Detrás de la política seguida por el Gobierno de Zapatero en estos dos años hay varias cosas. Una, la personalidad del protagonista, que por ahora parece un misterio y dentro de algunos años causará asombro, como lo causa la de otros caudillos de un pasado no muy lejano. La otra, la que nos interesa hoy, es la actitud y la mentalidad que sostienen esa acción política, la de los progresistas.
En primer lugar, y dado que el partido del caudillo no ha cambiado de nombre, está el socialismo. El socialismo de Zapatero tiene poco que ver con el imaginado por los fundadores en el siglo XIX español, y tampoco con lo que siguió luego. Nunca hubo gran dosis de utopía en aquellos socialistas, más sindicalistas que otra cosa. Eso sí, en lo que no creyeron nunca fue en la democracia.

Al principio desconfiaban de ella. Luego la concibieron como un instrumento al servicio de los intereses que decían representar. La democracia y el parlamentarismo nunca fueron para ellos valores absolutos, como no lo es la libertad que permiten. Eso es lo que el socialismo español de hoy conserva de sus antecesores.

Con el tiempo perdió cualquier radicalismo y cualquier referencia al marxismo, siempre muy imprecisa. Conserva la idea de que las instituciones democráticas valen si sirven para la buena causa. La suya.

Una segunda característica de la mentalidad de quienes ocupan el Gobierno hoy en España es el "progresismo", en el sentido histórico del término; una desviación específica del liberalismo decimonónico hacia una forma de radicalismo ocurrida en torno a los años de transición revolucionaria entre la muerte de Fernando VII y la subida al trono de su hija, Isabel II.

Aquellos progresistas fracasaron en su intento de establecer un régimen propio, y a partir de ahí se atascan en una compulsión de repetición del pasado que deben reactualizar una y otra vez para hacer, por fin, la revolución que, según ellos, no les dejaron hacer.

Aquí encontramos el origen de otros dos componentes del socialismo actual: negar cualquier interés a todo lo que el progresismo considera de derechas, condenado como absolutamente reaccionario y deleznable; y, sobre eso, un elemento alucinatorio que niega el tiempo transcurrido y la realidad que ha ido surgiendo con él.

En el siglo XIX tenían que volver a hacer la revolución liberal, que estaba hecha, aunque no como ellos hubieran querido. Ahora tienen que ganar la guerra que perdieron y restaurar la República, en cuyo desastroso transcurso y final, ni que decir tiene, no tuvieron nunca la menor responsabilidad. El progresismo español es el adanismo perpetuo.

La tercera característica es la crítica radical contra España. El liberalismo y el conservadurismo español del siglo XIX son patriotas naturalmente, porque construyen la Nación y el Estado modernos. Los progresistas, desmarcados de ese proyecto, problematizan la idea de España, a la que identifican con uno de los llamados "obstáculos tradicionales" que les impiden llegar al poder y hacer de una vez "su" revolución. Así que empezarán a explorar el terreno del republicanismo (que aquí quiere decir, sobre todo, antiespañolismo) y el federalismo.

Identificarán la idea de España con un proyecto retrógrado, oscurantista, y acabarán pactando con los nacionalistas. Éstos los traicionan siempre, aunque no por eso los progresistas dejen de considerarlos sus aliados. La misma pulsión antiespañola, la misma vivencia antinatural y acomplejada de su propia nacionalidad tienen hoy los socialistas españoles encabezados por Rodríguez Zapatero.

Queda una última veta. Al principio fue una corriente muy minoritaria del progresismo primero. Derivó en una secta que incorporó elementos a medias místicos, a medias panteístas (es decir, que diluyen a Dios en la totalidad del mundo) procedentes de una oscura rama del idealismo alemán. Se llamó krausismo, por el nombre del personaje, bastante delirante, que lo inspiró, y combina elementos sumamente originales. Muchos de sus adeptos habían sido sacerdotes, y de hecho querían fundar una Iglesia nacional española. Pretendían hacer aquí la reforma que no se hizo… ¡en el siglo XVI!

Los principios, en cambio, eran nuevos. Era una espiritualidad transida de laicismo militante. No sólo no reconocían valor a la autoridad de la Iglesia Católica. Tampoco aceptan el valor normativo de la moral cristiana y borran la diferencia entre el Bien y el Mal. Sustituyeron la moral y la ética por una estética ascética, al mismo tiempo moderna, en su tiempo, y postmoderna, en lo que tiene de completo relativismo. Por eso ha triunfado ahora, ya derrotado el ideario socialista.

Esta aspiración de armonía universal que quiso representar el krausismo permite entender muchas cosas: la amoralidad –es decir, la corrupción– en la gestión de la Institución Libre de Enseñanza, que fue la puesta en práctica de la escuela en la segunda mitad del siglo XIX, y ahora la exaltación de la palabra "paz", la clave de la política de Rodríguez Zapatero, desde la deserción en Irak hasta la rendición y el desmantelamiento de España y de la Constitución de 1978 en el altar del terrorismo nacionalista.

¡Ah, la paz, la armonía de los mundos, el diálogo de civilizaciones! Pero no hay que tomárselo a broma, ni desviar la mirada. Es un paso más en una demolición sistemática, dispuesta a llegar hasta el final.

Fecha: 29/06/2006 11:46.


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