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 Por su conciencia no pasan los siglos. No disminuye el desprecio de Castro por sus víctimas. Sólo así se entiende que las haya cosificado durante medio siglo. Más a las que tiene más cerca y simulan un gozo que están lejos de sentir. Nunca les echó cuentas. Y ya está viejo para cambiar. Ni siquiera hoy que necesita de ellas para intentar mantenerse en pie. Esta semana las ha vuelto a humillar. A pesar de que los herederos de la barbarie castrista se esfuerzan para que el Gobierno de Zapatero les perdone una deuda que sólo en un primer plazo alcanzaría los 2.000 millones de euros, su todavía Comandante en Jefe ha acusado al Rey de España de adoptar los métodos genocidas del Imperio. Poco le importa al máximo líder de los cuatreros multimillonarios que Zapatero le perdone lo que nunca pensó pagar. Ya no tiene tiempo para detenerse en cifras que le importan un carajo. Allá se las arreglen los que quieren quedarse con lo que robó durante 49 años. Que hagan lo que hizo él. Que no paguen nada. Lo que les deja no está hipotecado. Lo sufragó con la sangre de sus víctimas. No por gusto fusiló a mansalva. No debe nada a las empresas españolas. Nadie las obligó a ayudarle. Él no tiene la culpa de que los gallegos sean tontos de remate y no aprendan del sufrimiento de sus abuelos. Es su problema si les gusta que les roben. Es lo que tiene el coma-andante. No calla ni aunque se lo supliquen sus hijos. A ellos les complacerá mucho viajar a España y que les inviten al palco del Bernabéu, pero a su padre no le gusta el fútbol, prefiere el béisbol del gorila rojo. Ya desde niño odiaba al gallego que para perderlo de vista le dejó en manos de los jesuitas del Colegio Belén. Le consta que de su familia sólo le quiso su madre. Como no le quisieron, no le quedó otra que intentar que le temieran. Y lo logró con creces. Se vengó de su padre haciendo daño a todos los españoles que pudo. Más si corrieron a financiar su represión. Ahora que no se quejen. Ya sabían a quién ayudaban. Comentarios > Ir a formulario
Rafael G. L. Aun sin saber hasta dónde y hasta cuándo alcanzará la locura de Hugo Chávez, a los cubanos ya les consta que tienen muchísima menos suerte que los venezolanos. Jamás el Rey de España le preguntó a Fidel Castro por qué no se callaba. A pesar de que nos robó e insultó muchísimo más y por mucho más tiempo del que nos podrá robar e insultar el gorila golpista, Castro se morirá sin que un Rey de España le pregunte por qué no se calla. Es más, lejos de preguntarle por qué no se callaba y devolvía lo que nos robó, lo que le dispensó la Corona Española al Monstruo de Birán fueron muchísimos abrazos y muchísimas sonrisas.
Llegan tarde y no irán a ningún sitio las reacciones de Zapatero y del Rey ante los insultos de Hugo Chávez. Como mucho les servirán para mejorar durante un tiempo su imagen en España. Lo que no lograrán es que las víctimas de Castro olviden todos los abrazos y todas las sonrisas que ofrecieron al verdugo padrino del Gorila. ¿Por qué no le pidieron a Castro que se callara cuando insistió en calificar a un ex presidente español de nazi? ¿Por qué no respondieron a su desafío cuando Esteban Dido les amenazó con hacer públicos los datos que guarda en su mochila? ¿Por qué, incumpliendo los acuerdos de la Unión Europea, el Gobierno de España corre a financiar la tiranía que destrozó la vida de cientos de miles de españoles?
Como dicen en Cuba, los castristas le tienen cogida la baja a los gobernantes españoles. Y no desde ahora, desde los primeros fusilamientos de La Cabaña. Este sábado lo hemos vuelto a comprobar. Cuando se produjo el incidente con Chávez, Zapatero se giró hacia Pérez Roque que no por gusto estaba sentado a su derecha. Por lo que se ha podido ver en las imágenes que recogieron la escena, el presidente por accidente le hizo algún comentario al correveidile del tirano. De nada le sirvió. Pérez Roque no le contestó. Es a lo que hemos llegado. A que un cuatrero como Roque le niegue una respuesta al presidente de España.
Probablemente acierta Carlos Alberto Montaner cuando asegura que los herederos de Castro sienten un profundo desprecio por Hugo Chávez. En cualquier caso, está por ver. No lo sabremos hasta que no muera el coma-andante. Lo que ya hemos comprobado es que jamás le despreciarán tanto como desprecian a José Luis Rodríguez Zapatero.
Fecha: 19/11/2007 10:21.
Santiago D. El máximo líder de los cuatreros multimillonarios no se demoró en recompensar a Zapatero tras confirmar que el presidente por accidente había traicionado a la Unión Europea y multiplicado la cooperación con las más de doscientas cárceles en las que tortura a más de cien mil presos. Harto de escribir sus propias patrañas, Castro firmó como propia una crónica de Ernesto Ekaizer y amenazó a José María Aznar con publicar informaciones supuestamente confidenciales que podrían perjudicarle.
Es cierto que la tiranía castrista cuenta con muy buena información, gran parte de ella confidencial. Sus embajadas y consulados, más en España que en ningún otros país, no son más que franquicias de sus servicios secretos. Por tanto, el bandolero chantajista puede presumir de ser un hombre muy bien informado. Es mucho lo que sabe y mucho más lo que puede intuir. No obstante, miente cuando asegura que puede hacerle daño a José María Aznar.
No es a la derecha española a la que podría perjudicar si hace público lo que cree que sabe. Ya lo habría intentado. Quienes han de preocuparse por las confidencias que Castro guarda en su mochila son los que, por poner sólo un ejemplo, tratan de impedir que lleguemos a conocer lo que hay detrás de 11-M. Al Monstruo de Birán le constan como patrañas todo lo que nos han contado sobre los crímenes de marzo. Es muy amigo de los sirios. Y son muchos los sirios que encontramos en la masacre de Madrid. Demasiados.
Dicen que no hay mal que por bien no venga. Ahora que parece que se ha recuperado lo suficiente como para dedicarse al periodismo de investigación, tal vez sus amigos le regalen una descomunal exclusiva y le expliquen qué ocurrió en Madrid el once de marzo de 2004. No obstante, lo que no debe hacer es confundir a los destinatarios de sus amenazas. No es Aznar a quien han de preocuparle. Son otros los que han de sentirse intranquilos. Entre ellos, todos los que como él se han beneficiado de la masacre y los que, tras ella y sin que nadie se lo explique, corren a financiar la represión que le permite nombrar a sus herederos.
Fecha: 19/11/2007 10:24.
Carlos A. M. Fidel Castro y su última pelea. Castro, cuando polemiza con los suyos, siempre habla con la boca torcida y a media lengua, como los mediums en las sesiones de espiritismo. La declaración quería decir otra cosa. Expresaba su malestar con algunos cambios que, contra su voluntad, hasta ahora omnímoda, están ocurriendo en Cuba.
Apresuradamente, hace unos días, Fidel Castro envió una nota enigmática a la Mesa Redonda, un programa de televisión que manejan sus discípulos más fanáticos. La frase que desató el furor de la prensa internacional podía interpretarse como su retiro definitivo: «Mi deber fundamental no es aferrarme a cargos y mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir».
Pero no se jubilaba. Castro, cuando polemiza con los suyos, siempre habla con la boca torcida y a media lengua, como los mediums en las sesiones de espiritismo. La declaración quería decir otra cosa. Expresaba su malestar con algunos cambios que, contra su voluntad, hasta ahora omnímoda, están ocurriendo en Cuba.
El viejo dictador, por ejemplo, no estuvo de acuerdo en que el 10 de diciembre pasado Cuba anunciara que en marzo pactaría con la ONU el convenio sobre derechos económicos, sociales, culturales y políticos. Temía, y lo hizo saber por escrito, que ese acuerdo podía abrirle la puerta a un sindicalismo independiente. La libertad lo horroriza. Y, desde su perspectiva de gran carcelero, tenía razón: varios días más tarde, el ingeniero Oswaldo Payá, una de las cabezas más creativas e inquietas entre los demócratas de la oposición interna, se atrevió a presentarle al Parlamento una propuesta de ley que les permitiría a los cubanos entrar y salir libremente del país. Al fin y al cabo, ese es un derecho consagrado en el convenio que el gobierno de La Habana asegura que suscribirá.
Dentro del círculo del poder, la pugna es entre reformistas e inmovilistas. Otra manera de plantearla (la que le gusta a Fidel) es entre pragmáticos y principistas. Los pragmáticos están dispuestos a promover cambios que consigan que el desastroso sistema de producción cubano se torne más eficiente. Los principistas, aferrados a los principios revolucionarios, convencidos de las virtudes del igualitarismo (aunque casi todos se igualen en la miseria), creen que lo importante es ser coherente con las ideas marxistas e insistir en el colectivismo. Los pragmáticos, deslumbrados por los éxitos de China y Vietnam, están dispuestos a convivir con los modos de producción capitalista, manteniendo buenas relaciones con las naciones del primer mundo, incluida Estados Unidos. Los principistas, con Fidel Castro a la cabeza, creen que el deber de los revolucionarios es luchar contra el odiado mundo capitalista hasta la victoria siempre, Comandante, y postulan la supremacía de «la política» sobre «la economía».
La correlación de fuerzas, por otra parte, es muy desigual. Los principistas son sólo Fidel y un pequeño grupo de acólitos dispuestos a seguirlo hasta el infierno. Los pragmáticos, con Raúl a la cabeza, forman la inmensa mayoría de la cúpula dirigente. Sin embargo, todos reconocen el enorme peso específico de Fidel y saben que no pueden llevar adelante la reforma con la oposición del moribundo Comandante.
¿En qué consiste, en definitiva, la reforma a que se opone Fidel? En esencia, a seis líneas de cambio:
-Descentralización real de las decisiones económicas.
-Introducción de incentivos materiales vinculados a resultados, a sabiendas de que generarán desigualdades, a cambio de mayores índices de producción que alivien las infinitas carencias de la sociedad. -Autorización de la libre compra-venta de las viviendas. -Reintroducción de la pequeña propiedad privada en el sector agropecuario.
-Legitimación de las actividades laborales clandestinas y de las transacciones del mercado negro (sincerar la economía).
-Redacción de un nuevo código penal menos represivo que elimine la pena de muerte y supuestos delitos (como desacato) inaceptables en el mundo moderno.
Fidel tiene razón cuando sostiene que esas reformas, aunque pequeñas y destinadas a traer un mínimo de bienestar material a la población, desvirtúan totalmente su modelo de colmena comunista igualitaria dedicada a ser la gran vitrina del marxismo ortodoxo. Raúl la tiene cuando plantea que, medio siglo después de implantado, no hay duda de que ese sistema es un desastre que sólo sirve para mortificar cruelmente a los cubanos. Fidel tiene razón cuando alega que aceptar esos cambios al final de su vida sería admitir que su obra de gobierno ha sido un total fracaso. Raúl la tiene cuando plantea que no posee la autoridad de su hermano, ni el control sobre el gobierno y sobre la sociedad, para poder gobernar en medio de los escombros y de la pobreza generada por un sistema en el que ya casi nadie cree. Entre sus íntimos, Raúl repite, preocupado, que, o mejoran las condiciones infrahumanas en que viven los cubanos, o no tardará en tener que sacar las tropas a reprimir manifestaciones masivas de descontento.
¿Quién ganará este conflicto? Probablemente, esta vez, los reformistas. ¿Por qué esta vez? Porque el problema no es nuevo: se presentó en los setenta, en los ochenta (durante la perestroika), en los noventa, tras la desaparición de la Unión Soviética, y ahora vuelve a resurgir. En los anteriores episodios Fidel Castro, invariablemente, aplastó a los reformistas.
Pero ahora se está muriendo, casi no puede moverse de su lecho de convaleciente, y ha perdido la capacidad de imponer su voluntad. Para él todo esto es un castigo insoportable.
Fecha: 24/12/2007 12:56.
Rosendo Rodriguez Siempre que escuchen ustedes hablar de "política cultural", de promoción cultural por parte del Estado o algún organismo afín, recuerden tres cuestiones. La primera, la ideología de quienes protagonizan los hechos de los que se esté hablando (conferencias, exposiciones, teatro, cine, etc.). La segunda, lo que ahora se llama su "orientación sexual". La tercera, el dinero que está en juego. Sigan la pista a estos tres datos y encontrarán el hilo que les permitirá entender la práctica totalidad de la "política cultural" de los países europeos de estos últimos veinte años. Se excluyen, en general, cuestiones más serias como la conservación del patrimonio. Pero el resto no falla. Ahí están todas las claves que se necesitan para entender la "política cultural" de la que tan orgullosos suelen estar los Estados modernos.
Por eso es absolutamente excepcional que se organicen en Madrid unas jornadas como las que se inaugurarán el próximo miércoles, con el título Cuba: revolución y homosexualidad.
La tiranía cubana ha venido gozando durante décadas de la simpatía del progresismo mundial. En los países europeos, esta complicidad culpable se ha ido difuminando últimamente, aunque quedan restos en bodrios como Le Monde Diplomatique. Nuestro país es la excepción: el comunismo castrista sigue teniendo predicamento, tanto en los ambientes culturales como en los políticos. En el progresismo español hay una querencia irremediable por el totalitarismo cubano. Echa raíces en la irremediable senilidad, a la medida del dictador, de nuestros progres, pero también en otros asuntos mucho más turbios. Ha convertido a Cuba en un auténtico paraíso para los miembros de esta casta culturo-política que ha vivido muy bien de los impuestos de los españoles.
Unas jornadas como esta sobre la revolución y la homosexualidad en la Cuba de Castro, organizadas por la asociación Colegas, Odisea y el apoyo de la Comunidad de Madrid, empezarán sin duda, por lo menos en vista del programa que promete, a arrojar luz sobre un tema del que casi nadie ha querido hablar. En realidad, son dos asuntos. Por una parte, la brutalidad de la represión de los homosexuales por el régimen castrista que los ha considerado, según la lógica tradicional de la izquierda, como un ejemplo de degeneración burguesa; por otra, la reconversión del paraíso socialista cubano en un gigantesco burdel destinado al turismo sexual, con el Partido Comunista de "empresario" y las consiguientes posibilidades de chantaje de todo tipo que esta original situación ha propiciado.
El tratamiento que ha merecido la Cuba de Castro es la mejor expresión del lo que decía al principio sobre la "política cultural" o el "Estado cultural", en la expresión, bien sarcástica en este contexto, del francés Marc Fumaroli. De ahí la excepcionalidad del acontecimiento. Conviene acudir, escuchar y también preguntar, preguntar sobre las razones de los apoyos, los silencios, las simpatías y las complicidades.
A ver cuándo la Casa Árabe organiza algo parecido sobre la homosexualidad en los países musulmanes. Fecha: 05/01/2008 18:13.
¿Dónde están las distintas opciones para que el ciudadano pueda escoger realmente?”, se preguntó.
Fecha: 22/01/2008 11:33.
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